jueves, 17 de septiembre de 2026

De malas palabras y buenas intenciones (Crónicas megalíticas parte 2)

 

Mi mirada se pierde por las paredes de la consulta, recorriendo posters de anatomía humana, riñones de plástico y y aparatos urinarios desmontables impresos en 3d que crean una decoración que resultaría macabra en cualquier otro contexto pero que adquiere un aire científico, serio y refinado en esa sala. El doctor me habla con la calma de quien está repitiendo algo que ya ha dicho mil veces, como aquél monje que en lo más profundo de su templo construido en la cima de un peñasco del Tíbet repite un mantra tan antiguo como la misma humanidad, y por mucho que lo intento no soy capaz de seguir sus explicaciones, que se mueven entre los más complejos tecnicismos y los ejemplos prácticos totalmente descontextualizados de quien trata de hacerse entender en vano. No me cabe ninguna duda de que los médicos son el antítesis del entretenimiento, los némesis de los humoristas, el lado oscuro y aburrido de lo que cualquiera querría escuchar por voluntad propia.

Después de una larga retahíla de teoría clínica el doctor se da cuenta de que mi atención se dispersa, percibe la laxitud en mis hombros y la relajación muscular en el rostro que claramente precede al sueño y como un buen actor dramático trata de recuperar el control de la narración para levantar el ánimo de su público, sacándose de la manga un símil en el que me compara con un perro de caza al que sacan a correr por el campo tras mucho tiempo encerrado en una jaula, algo que lejos de inspirarme me sume en tal desconcierto que me invade una sensación de extracorporeidad que amenaza con arrancarme el alma del cuerpo para siempre y flotar lejos de este envoltorio biológico que durante tantos años me ha contenido.

Pero la ensoñación termina de golpe cuando el médico pronuncia la palabra cáncer.

Y ahora ya da igual que intente quitarle peso, que añada la frase “altamente improbable”, “es solo por descartar” o el siempre hilarante “yo no me preocuparía”, porque ya lo ha dicho y de pronto siento como si la consulta fuese de golpe mil veces más grande y oscura y un calor insoportable me hace arder hasta convertirme en un montón de cenizas sobre la silla. Y el hombre sonríe, hace como que nada ha pasado, me da una cita para dentro de dos meses y se queda allí tan tranquilo mientras yo arrastro los pies por ese largo pasillo camino a mi casa otra vez como aquel soldado que regresa de la guerra tras haber vislumbrado tantos horrores que sabe que ya jamás volverá a ser el mismo.

Llego a casa, me quito los zapatos y cierro la puerta. Un gesto cotidiano que contenía un simbolismo arcaico. El del rey que regresa a su castillo, levanta la puerta del foso y se siente seguro en el interior de su inexpugnable fortaleza. Pero esta vez algo ha cambiado. Quizás el enemigo ya no esté ahí afuera esperando con antorchas y arietes para entrar. Puede que ya esté dentro, esperando el momento para atacar. No debajo de la cama o dentro del armario como de niño temía, sino en mi propio interior en forma de células rebeldes, perturbadas, suicidas... esperando el momento para atacar cual asesino silencioso y letal.

Me acuesto pero no duermo, solo observo la oscuridad y trato de recordar las palabras tranquilizantes del médico. Pero solo oigo aquella que suena como el silencioso caminar de un tigre en la oscuridad.

martes, 8 de septiembre de 2026

Decisiones (paternidad parte 55)

 


Diez de la mañana de otro radiante día en mi nuevo trabajo. Los abuelitos me saludan y agradecen mi labor mientras que numerosas jóvenes me guiñan el ojo y sonríen de forma picarona. Médicos y enfermeras levantan el pulgar a mi paso, conscientes del valor del trabajo que desempeño, mejorando sin ninguna duda el funcionamiento de un sistema sanitario exhausto, pero que resiste.

Todo es maravilloso, precioso, fácil y cómodo y el sol que se filtra entre las cortinas metálicas de los ventanales inundan las salas de espera con los destellos dorados de mi cabello. Pero llego a pediatría.

Allí los niños protestan por las esperas y la incertidumbre, hay quejidos y llantos, protestas y gritos; mientras padres y madres tratan de aplacar la furia primaria de sus retoños. En el extremo de la sala, junto a la ventana, su padre  trata desesperadamente de negociar con un niño de unos ocho años que no parece dispuesto a seguir con los convencionalismos sociales del lugar. Y eso no habría tenido la menor relevancia para mi de no haber oído claramente de boca del niño esa frase.


"Goku es una caca".


Ni en mis más fébriles delirios podría llegar siquiera a imaginar el contexto en el que esa frase podría haber sido pronunciada, pero el dolor que causó en mi yo interior, en lo más profundo de mi alma se asemejaba a aquella insoportable puñalada coronaria que hace no tanto me desangrò. Y supe que no podría soportarla por segunda vez.

"Cuida tus palabras, niño", le digo ante la sorprendida mirada de su padre, a lo que el niño, imbuído por sus primeros instintos de rebeldía se reafirma con un más firme aún "Goku es una caca". Y aquí termina el buen rollo.


Dejando de lado toda reputación, decoro y profesionalidad, agarro mi uniforme con las dos manos y lo rompo a lo Julc Jogan cuando se enfadaba, revelando bajo él y cubriendo mi poderoso torso, una camiseta de Goku supersayan. El niño palidece, consciente de su error y el padre retrocede unos pasos, aterrorizado, mientras agarro a su retoño por un brazo, abro la ventana y me dispongo a arrojarlo tres pisos al vacío. Pero antes de que pueda cometer tan execrable acto de infanticidio, algo considerado delito en al menos una veintena de países, el padre se acerca a mi y sujeta mi brazo ejecutor. Y antes de que pueda zafarme de él se levanta la manga de la camiseta para mostrarme un tatuaje de Vegeta dándose de ostias con Freezer en el planeta Namek. 


"Yo lo haré", me dice muy serio. Entonces agarra al niño por las orejas y lo tira por la ventana de una patada. Nos quedamos mirando como cae durante unos segundos hasta que apartamos la vista antes de que toque el suelo, para dejar al lector con la intriga de si habrá sobrevivido milagrosamente o no.


Nos miramos y asentimos. Sabemos que hemos hecho bien. Que hay cosas que son intocables. Sagradas. Imperdonables.

domingo, 6 de septiembre de 2026

De piedras y traumas existenciales (Crónicas megalíticas parte 1)

 


El doctor mira la pantalla sin demasiado interés y empieza a hablar sin mirarme, lo que me saca del ensueño de mi preocupación y hace que vuelva a mi realidad de paciente en la consulta.

- Son cólicos -dice con total tranquilidad. -Pequeñas piedrecitas afiladas que flotan en tu vejiga causando pequeñas lesiones, malestar y el sangrado al orinar.

- ¿Y a qué se deben, doctor? -le pregunto lleno de curiosidad. -Si yo no bebo ni fumo y hago deporte regularmente y...

- Eso solo son patrañas, querido paciente. Los buenos hàbitos no son garantía de buena salud. Algunas veces los factores emocionales hacen que nuestro cuerpo no funcione de forma correcta y genere este tipo de problemas menores.

- ¿Me está diciendo usted que es mejor ser un drogadicto feliz que una persona sana triste?

- Si la tristeza se convierte en la bandera que uno enarbola para autodefinirse, sí.

Me quedo pensando un rato mientras él teclea, no tanto en los cólicos sino en el hecho de que ese doctor se expresa de una forma un tanto extraña.

- ¿Y qué puedo hacer? -le pregunto. -¿Hay alguna medicación que pueda ayudarme?

- ¿Medicación? -el médico suelta una sonora carcajada. -Las pastillas solo son placebos para los idiotas, y usted no parece tan tonto. Lo que tiene que hacer es resolver aquellas cuentas pendientes de su pasado, enfrentarse a todos esos traumas que le han convertido en este ser miserable y patético que es ahora y luchar para que su futuro se vea libre de toda culpa. Solo así logrará destruir esos molestos cálculos.

Y dicho esto me entrega una hoja de papel y me expulsa de la consulta con celeridad. Salgo a la calle y me quedo pensando en como la muerte de mi madre se convirtió en arenilla en mis riñones, el fracaso de mi matrimonio en fangos no filtrados, y como ahora mi exnovia seguía conmigo en forma de cristales uretrales. Y cuantas más vueltas le doy menos comprendo. Y cuanto más listo me dicen que soy, más estúpido me siento. Y cuando miro el papel que me dio el doctor compruebo que es una hoja en blanco con un pene dibujado. Y pienso y me convenzo de que esto de mear sangre no está tan mal después de todo. Que es cuestión de acostumbrarse.