Diez de la mañana de otro radiante día en mi nuevo trabajo. Los abuelitos me saludan y agradecen mi labor mientras que numerosas jóvenes me guiñan el ojo y sonríen de forma picarona. Médicos y enfermeras levantan el pulgar a mi paso, conscientes del valor del trabajo que desempeño, mejorando sin ninguna duda el funcionamiento de un sistema sanitario exhausto, pero que resiste.
Todo es maravilloso, precioso, fácil y cómodo y el sol que se filtra entre las cortinas metálicas de los ventanales inundan las salas de espera con los destellos dorados de mi cabello. Pero llego a pediatría.
Allí los niños protestan por las esperas y la incertidumbre, hay quejidos y llantos, protestas y gritos; mientras padres y madres tratan de aplacar la furia primaria de sus retoños. En el extremo de la sala, junto a la ventana, su padre trata desesperadamente de negociar con un niño de unos ocho años que no parece dispuesto a seguir con los convencionalismos sociales del lugar. Y eso no habría tenido la menor relevancia para mi de no haber oído claramente de boca del niño esa frase.
"Goku es una caca".
Ni en mis más fébriles delirios podría llegar siquiera a imaginar el contexto en el que esa frase podría haber sido pronunciada, pero el dolor que causó en mi yo interior, en lo más profundo de mi alma se asemejaba a aquella insoportable puñalada coronaria que hace no tanto me desangrò. Y supe que no podría soportarla por segunda vez.
"Cuida tus palabras, niño", le digo ante la sorprendida mirada de su padre, a lo que el niño, imbuído por sus primeros instintos de rebeldía se reafirma con un más firme aún "Goku es una caca". Y aquí termina el buen rollo.
Dejando de lado toda reputación, decoro y profesionalidad, agarro mi uniforme con las dos manos y lo rompo a lo Julc Jogan cuando se enfadaba, revelando bajo él y cubriendo mi poderoso torso, una camiseta de Goku supersayan. El niño palidece, consciente de su error y el padre retrocede unos pasos, aterrorizado, mientras agarro a su retoño por un brazo, abro la ventana y me dispongo a arrojarlo tres pisos al vacío. Pero antes de que pueda cometer tan execrable acto de infanticidio, algo considerado delito en al menos una veintena de países, el padre se acerca a mi y sujeta mi brazo ejecutor. Y antes de que pueda zafarme de él se levanta la manga de la camiseta para mostrarme un tatuaje de Vegeta dándose de ostias con Freezer en el planeta Namek.
"Yo lo haré", me dice muy serio. Entonces agarra al niño por las orejas y lo tira por la ventana de una patada. Nos quedamos mirando como cae durante unos segundos hasta que apartamos la vista antes de que toque el suelo, para dejar al lector con la intriga de si habrá sobrevivido milagrosamente o no.
Nos miramos y asentimos. Sabemos que hemos hecho bien. Que hay cosas que son intocables. Sagradas. Imperdonables.

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