domingo, 22 de septiembre de 2019

De llamas y mirar a otro lado


Recuerdo un tiempo en el que no percibía el mundo como lo hago hoy. Recuerdo que me sentía parte de un todo, alguien con una misión, con un propósito, con un alma que ya no siento en mi interior.

En esa época, que me llevó quizás hasta los veintipocos, me sentía muy unido a la naturaleza, pasaba mis horas conociendo y estudiando mi entorno, sintiéndome parte de una armonía olvidada por muchos pero que para mi era sumamente importante.

Los que me conocéis sabéis que no me van mucho los temas esotéricos o metafísicos, pero por aquél entonces me sentía tan unido al ecosistema del que formaba parte que casi era capaz de “escuchar” a los árboles y “sentir” las mismas piedras bajo los pies. He pensado mucho en ello durante estos últimos años y no sé hasta qué punto eran sensaciones reales o simples fantasías de mi juventud. En cualquier caso ya no es así.

También recuerdo que cuando llegaba el verano y las televisiones mostraban imágenes de incendios forestales varios, lo pasaba realmente mal. Los paisajes carbonizados, las llamas consumiendo la vegetación y la inevitable acción del ser humano cubriendo de cemento el terreno, hacía que lo pasara realmente mal. Era como arder yo mismo. Como ver abrirse en mi una herida que quizás ya no sanaría jamás. ¿He dicho antes que ya no es así?

Esta última semana a raíz de la alarma generada por los incendios incontrolados de la Amazonia, las redes sociales, televisiones y noticiarios varios se han hecho eco (tímidamente, por supuesto ya que ahora lo que vende es camuflar el racismo y la insolidaridad de patriotismo y ciudadanía) y a pesar de que es un tema que sigue preocupándome, me ha resultado tremendamente difícil empatizar con ese yo del pasado que seguro se habría revuelto de dolor. Y me pregunto qué me ha pasado ya que no comprendo si al madurar me he endurecido frente a las tormentas emocionales de la existencia o simplemente he priorizado mis problemas y preocupaciones personales ante aquello que queda más lejos de mi persona y mi círculo familiar. ¿Acaso no afecta la desaparición de la Amazonia a mis hijas? Por supuesto. Pero ni así consigo encontrar al yo de antes.

Supongo que el inmovilismo de los demás, ese que tanto me enervaba hace veinte años es ahora el mio. Supongo que el integrarse en esta sociedad económica en la que vivimos implica salir de esa otra sociedad natural de la que formábamos parte hace muy pocas generaciones. Supongo que aunque lo intenté en su momento, ahora no soy mejor que cualquier otro. Y a pesar de ello no puedo dejar de pensar.

No puedo dejar de pensar en lo complicado que debe ser el tener consciencia del paso de los años y la proximidad de la muerte, de saber que nacemos para morir, inevitablemente, y que da igual lo que hagamos porque terminaremos bajo tierra de un modo u otro. No puedo dejar de pensar en el dolor que causa el empatizar, la frustración del altruismo, la amargura de la solidaridad… Cualquier esfuerzo para cambiar la corriente del río de un sistema que premia a los cobardes y castiga a los osados. Y no puedo dejar de pensar en qué tipo de persona me he convertido y en que pensaría mi yo del pasado, ahora convertido en un simple recuerdo, si me viese aquí, escribiendo mientras el mundo agoniza en silencio.

Y es que a veces las cosas pierden el sentido. Nos consolamos realizando pequeños actos insignifcantes de bondad que ocultan nuestros infames egoísmos para mantenernos al margen de lo verdaderamente importante, para cubrirnos con un manto que nos proteja del dolor de ver, oír y sentir. Nos creemos buenos ciudadanos, buenos seres humanos y creemos que dar ejemplo con pequeñas acciones nos salvará de la quema, figurada y literal, que nos espera. Nos convencemos de que somos los salvadores del mundo al tirar una botella de plástico en el contenedor amarillo o al plantar un geranio en una maceta del balcón mientras ignoramos la huella irreparable que casamos con otros cientos de acciones automáticas que forman parte de nuestras rutinas. Como si todavía pudiésemos salvarnos. Como si este abismo al que nos hemos arrojado tuviese un fondo cubierto de plumas y algodones cuando sólo nos esperan las duras rocas, las llamas y las cuchillas afiladas. Y sólo nos queda el consuelo de que al caer, caeremos todos juntos, como si el infierno fuese mejor así.

domingo, 8 de septiembre de 2019

De dípteros y vueltas de vacaciones



Septiembre otra vez. Toca volver a las rutinas, a las rutas camioniles, a encontrarme con las mismas caras de siempre pero más viejas y gorditas y toca, en definitiva, volver a estar en el lugar que a uno le ha sido asignado por el cruelmente imparcial destino. Y no es una sensación desagradable, lo reconozco.  En cierto modo me reconforta tener las cosas bajo control, apuntar los días en la agenda, escribir los discos del tacógrafo y el ronronear del motor… Supongo que muy a mi pesar y después de tantos años, este ha terminado siendo mi lugar.

Saludo a la capa de polvo sobre el salpicadero (todos los años en vacaciones me propongo hacer limpieza pero al final me da pereza), a las botellas de agua que quedan ahí detrás y ya nunca me atrevo a beber, a esa manzana que olvidé y que ahora presenta un aspecto raro y empiezo mi marcha. Es una mañana nublada, algo lluviosa pero como en esta zona las nubes son algo puramente efímero y decorativo, pronto brilla el sol con fuerza, con la rábia del fin de verano. Me deslumbra y mientras conduzco busco con la mano el estuche donde guardo mis gafas de sol.
Para mi vida normal de persona mundana utilizo unas gafas de las baratas, para proteger mis dañados ojos de la radiación solar; pero para el camión tengo otras, más baratas aún, ya que siempre acabo aplastándolas , rayándolas, destruyéndolas o desintegrándolas. Y es al abrir el estuche hermético cuando sucede el suceso propiamente redundante que voy a relatar en esta entrada.

Abro el estuche decía, uno de esos herméticos y duros como caparazón de archelón y del interior, además de las propias gafas aparece una mosca que sale volando como una flecha negra y zumbante. Pasa junto a mi cara, hace algunas giragonzas en el aire y empieza un frenético vuelo alrededor de mi cabeza. Una mosca que llevaba quince días encerrada en esa funda que yo mismo cerré sin darme cuenta de la presencia del díptero y que ahora, como no, buscaría venganza.

Y es que las moscas viven un promedio de un mes, por lo que mi periodo vacacional había supuesto la mitad de su vida útil y que había tenido que pasar en completa oscuridad, sin sonido alguno ni sitio en el que volar, sobreviviendo seguramente succionando la mierdecilla de las patillas de las gafas y ahora que por fin era libre podía ver en sus ojos compuestos el fuego de la ira.

Yo sigo conduciendo porque no puedo hacer otra cosa y el insecto aprovecha para tratar de hacerme perder el control del camión. Se posa en mis codos, mi cuello, junto a los ojos y en la comisura de los labios; todo zonas altamente sensibles y molestas. Yo trato en vano de golpearla con una mano mientras con la otra controlo el volante, pero no logro darle. Me siento como King Kong subido en la torre esa dando manotazos a los aviones, solo que con más pelo y sin la chica esa pequeñita.
Se acerca una zona de curvas y sé que no podré mantenerme en la carretera con la misma facilidad, así que opto por abrir las ventanillas, acelerar y esperar a que la misma corriente de aire le dificulte el vuelo o incluso la expulse de la cabina, pero la mosca es lista y se agarra a mi oreja izquierda con fuerzas. Debo ahuyentarla con la otra mano pero conducir con la derecha me cuesta, no por zurdo si no por un tema de coordinación psicomotriz y las cosas se ponen difíciles. Oigo el zumbido de la mosca en mi oído y me parece entender un “Bzzzz a moriiirzzz”. Las curvas se acercan y no tengo otro remedio que apostar lo todo a una última carta. Y entra retrospectiva.

Siempre he sido una persona con pocos talentos. Esto es así. En el cole habían niños buenos con matemáticas, otros con educación física y otros con aptitudes artísticas, pero yo no. Yo era un mierder en todo y así de mal me iba, hasta que descubrí mi talento innato: yo podía mover las orejas a voluntad. Era capaz, por algún motivo que solo dios sabe, de controlar mis músculos auriculares, por lo general atrofiados e inútiles, y mover con cierta notoriedad las orejas. Puede sonar triste pero esa era mi única baza para llegar a ser alguien en la vida y comencé a explotar ese superpoder en cualquier ámbito posible. Movía las orejas para escuchar mejor, para divertir a mis amigos, para ligar (nunca lo conseguí, pero lo intentaba), para comunicarme en silencio e incluso traté de volar como Dumbo, aunque nunca fui capaz de elevarme más de un par de palmos del suelo. Por supuesto con el uso mis músculos se desarrollaron bastante y el movimiento orejero se convirtió en algo tan natural para mi como respirar o hacer caca. Y volvamos al relato de la mosca.

La tenía en la oreja, decía. Se acercaban curvas, decía. Y no me veía capaz de mantener el control del camión por mucho más, decía también. Así que a la desesperada y viendo que mi tiempo está llegando a su fin, urdo un plan maestro. Acelero en lugar de frenar, me lanzó hacia la curva sin ningún tipo de control y justo antes de llegar al punto crítico sacudo mis orejas con fuerza, haciendo que la desprevenida insecta se suelte y doy un volantazo a la vez que con un golpe de hombro la arrojó por la ventanilla. La mosca trata de alcanzarme pero no lo logra y veo por el retrovisor como se queda atrás, volando furiosamente y apuntándome amenazadoramente con sus patas. Parece que me he librado y sigo conduciendo hacia mi destino. Y como no, hago una reflexión final.

¿Qué pasará ahora? ¿Habré dejado atrás para siempre al díptero vengativo o volveremos a encontrarnos? Las moscas viven poco pero suelen tener muchos hijos, que antes de que termine el verano y se mueran todos podrían llegar a cientos. ¿Les inculcará el odio hacia mi persona? ¿Tendré que lidiar desde este momento con hordas de moscas hambrientas de venganza? Seguramente no, pero… ¿Y si sí? Os diría que lo pensarais, pero sinceramente, creo que este blog ya no lo lee nadie y si sigo escribiendo, es solo por rutina y aburrimiento. Buenas noches testiculines.

jueves, 29 de agosto de 2019

Disfrutar del camino.

El otro día le oí decir a alguien que las cosas hay que hacerlas para obtener satisfacción con el camino a andar y no por el objetivo a alcanzar. No sé si en otros tiempos me habría tomado muy en serio esa frase a priori tan carente de ambición, pero por algún motivo, seguramente la edad que he alcanzado casi sin darme cuenta, me hizo reflexionar y aunque no lo creáis, me tranquilizó.

Llevo muchos años corriendo, es la verdad; este blog es el ejemplo. Desde que comencé a escribir me marqué el objetivo de llegar a algún lugar y cuando abrí mi primer blog (hace ya la friolera de diez años) escribí con la idea de abrirme un hueco en la comunidad primero rolera, luego lectora en general y finalmente ahora con mis libros, en el mundo editorial. Supongo que me equivoqué desde el principio.

Cuando cerró Google+, la que para mi ha sido la red social por exceléncia, quedé huérfano de lectores. Aunque algunos seguís aquí, pasando de vez en cuando e incluso comentando algunas entradas (y por ello tenéis mi agradecimiento y respeto absolutos), el grueso de visitas se redujo hasta la mínima expresión. En ese momento me di cuenta de la importancia de formar parte de una comunidad virtual (las de verdad no suelen abarcar a tanta gente) y reconozco que el desánimo se apoderó de mi. Sigo escribiendo, es cierto, pero ya no camino por la calle buscando situaciones que poder tergiversar y transformar en divertidas entradas anecdóticas. Ahora simplemente camino, observo y pienso en mis cosas. Sin más.

Lo mismo pasa con los libros. Me di un batacazo con "La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp" al tratar de meterme en círculos profesionales de literatura; me cerraron muchas puertas en la cara negándose a depositar mis libros en librerías, a realizar presentaciones en bibliotecas y lugares privados donde habitualmente las hacen. Solían ponerme como excusa que no aceptaban libros autoeditados, aunque no tenían problema en aceptar obras selladas por Círculo Rojo o Létrame entre otras empresas de servicios edtoriales, es decir autoedición. Me llevé un chasco, las ventas no alcanzaron los mínimos esperados y tuve que cambiar mi forma de hacer las cosas para siguientes publicaciones, pero ahora estoy en paz. Disfruto del camino sin preocuparme por saber donde me lleva.

¿Y a qué viene todo este rollo? Pues a que escribo menos, al menos de forma pública aquí en el blog. A que me he dado cuenta de que para que te lean no importa tanto qué escribes si no como te promocionas. Y que si no tienes diez mil seguidores en alguna red social (algo a lo que no le quito mérito, cuidado), resulta muy difícil existir a nivel artístico. Pero me resisto a venderme en ese sentido ni en cualquier otro.

Quizás me veáis menos por aquí. Quizás se actualice el blog tan poco que al final ni os molestéis en pasaros a leer, como hago yo con tantos otros, no os culpo, pero aquí o allí, en algún sitio estaré y cuando penséis en mi recordad, estaré disfrutando del camino.

miércoles, 14 de agosto de 2019

De músculos poderosos y chancletas mojadas


El verano oculta horrores, como las playas, las piscinas comunitarias, las ensaladillas amarillentas o los magnums a cuatro euros. Algunos de ellos llegan a ser demasiado terribles para ser nombrados por las personas normales, que muchas veces regresan de sus vacaciones forzando una sonrisa y ocultando con un “pues no te creas, ya tenía hasta ganas de volver a las rutinas” experiencias más allá de cualquier comprensión. Y yo, a pesar de no ser una persona normal también me veo obligado a luchar contra bestias recurrentes que acechan durante todo el año para dejarse ver en estos meses estivales y llenar de pavor mi alma. ¿Qué de qué voy a hablar hoy con tanta introducción? Pues de un tema recurrente en este blog como son los parques acuáticos.
Toca todos los años. El mismo día exactamente para hacerlo más tenso si cabe. Subir en el coche a familia, toallas, manguitos y una neverita con agua fresca, hielo y bocadillos para no morir de inanición para pasar un agradable día a remojo y bajando por toboganes que dan vértigo y causan heridas de forma aleatoria. Pero eso no es lo peor. Lo peor es verse rodeado de gente semidesnuda que a veces te tocan en las colas. Lo peor es nadar en aguas repletas de pelos ajenos que se te meten en la boca. Lo peor es encontrarse con otros padres cachas y darse cuenta de que a su lado eres un despojo humano y que el dinero gastado en el gimnasio a veces resulta una buena inversión. Por suerte, a veces a esos padres cachas les pasan cosas malas y ello nos puede llenar de regocijo y aliviar nuestro dolor. Y justo a esta anécdota es donde quería llegar desde el principio.
Un padre cachas junto a mi, de esos con músculos tatuados, piel uniformemente morena (no sólo de brazos y cabeza como yo, que me quito la camiseta y parece que lleve otra de color blanco debajo) y unos movimientos seguros, de tipo que va sobrado en la vida. No le sobra un gramo de grasa ni le falta uno de fibra. Sonrisa blanca, pelazo tieso para arriba… Un imán de miradas femeninas, de mujeres que sueñan con ver salirse a sus maridos del tobogán en una curva, enviudar y rehacer sus vidas junto a ese protomacho. Reconozco que me siento inferior. En los parques acuáticos no sirve de nada el intelecto ni el conocimiento; da igual ser poeta, actor o el mejor pintor de la histórica contemporánea del arte. Allí nadie supera al cachitas de turno y ese lo está petando… Hasta que comete un error.
El cachas decide pasar de la cola donde yo me hallo para incorporarse a la de otra atracción que al parecer es más rápida. El camino para la otra cola implica caminar un ratito, salvar un desnivel y luego seguir adelante, pero él. Oh él. Él decide atajar el camino saltando directamente una altura de un metro y ahorrarse el caminar. Y he ahí su error. No dudo que para ese tipo, un salto descendente de un metro no supondría ningún problema en condiciones normales, pero esas no lo eran. Por lo visto no había contado con que las chanclas mojadas no iban a suponer un buen punto de apoyo y al saltar el pie derecho le resbala nada más tocar el suelo haciendo que se le escurra por dentro de la chancla, hasta tal punto que al pie le sigue la pierna entera y a ésta, la totalidad del cuerpo. Imaginad a un tipo de noventa quilos pasando por el aro de plástico de una chancleta ante la mirada horrorizada de decenas de bañistas que seguramente ya estarían horrorizados de antes. Horror sobre horror.
El pobre tipo salió completamente desollado por el otro lado, como uno de esos conejos que se exhiben en los escaparates de las carnicerías y supongo que sería por una cuestión de honor que siguió caminando como si nada mientras decía “estoy bien, estoy bien, no me he hecho daño” a pesar de estar dejándolo todo perdido de sangre y vísceras. Y luego se meterá en el agua… Si es que es lo que yo digo siempre.

martes, 23 de julio de 2019

De ferias y alimentos en mal estado


Pues ya ha llegado el veranito, con sus calores, sus insectos, su tiempo de ocio y como no, sus ferias itinerantes que van salpicando pueblo a pueblo y barrio a barrio. Y como imaginareis, yo no soy muy amigo de las atracciones de feria ya que me parece absurdo pagar para que te mareen dando vueltas en una cesta para al final dejarte en el mismo punto de partida, pero mis hijas, las pobres, no son conscientes de lo absurdo y parecen incluso divertirse con las vueltas. Y me piden que las lleve. Y yo como buen padre que soy, lo hago.
Y allí entre luces de colores músicas innombrables, olores de fritanga y azúcar y puestos de baratijas de toda índole me topo con algo que no puede faltar nunca y representa quizás mi único punto de atracción a las ferias: los puestos de comida rápida. “Ya está aquí el cerdo este pensando en comer cosas aceitosas” pensaréis, pero no. No se trata de gula si no de una tradición que cada año coge más fuerza. Os lo explico.

Los años pasan incesantes. Ya no soy ese niño de diez que se montaba en los cochecitos de la mano de sus abuelos, ni el chaval de 15 que buscaba camisetas de sus grupos favoritos en los puestos de ropa, ni siquiera el padre primerizo que llevaba de la manita a su pequeña y era capaz de disfrutar del paseo. Ahora soy un señor mayor a quien la vida ha tirado al suelo y le mantiene la mejilla pegada al asfalto con un pie presionándole la cara; soy ese que tras años avanzando por un oscuro túnel ha descubierto que la luz que se ve al fondo es un tren que se acerca a toda velocidad; soy quien ha olvidado lo que palabras como “esperanza” o “ilusión” significan. Por eso cada vez me apetece más comerme un perrito caliente de esos que tienen metidos en botes y empiezan a perder el color marrón que les inyectan para que creamos que estamos comiendo carne.

Así que aprovecho un momento en el que me quedo solo y me acerco al puesto más cochambroso y miserable de la feria. El tendero es un señor bajito que fuma y al que le asoman varios mechones de pelo graso bajo una gorra en la que pone “Orgulloso de ser español” bajo la bandera. Me dan ganas de decirle que nadie puede sentirse orgulloso de algo que no tiene nada que ver con su decisión o trabajo, pero decido dejar mi lado intelectual y pedante a un lado y centrarme en lo mío. Miro por el escaparate y veo lo que busco: unos “frankfurts” de tamaño considerable sumergidas en un líquido aceitoso incoloro y que han perdido su tono rosado para sustituirlo por grises y verdes. Ahí está. Mi puenting particular. Mi salto en paracaídas sobre una geografía desconocida.
-Póngame un perrito caliente y unas patatuelas -le digo.
-¡Marchando! -responde él como si fuese cocinero de verdad o algo.
El señor pone a freir las patatas y cuando va a abrir un paquete de frankfurts plastificadas, protesto.
-No. Yo quiero esa de ahí, la de la bandeja.
-Pero esa… Es que es la de muestra.
-Me da igual. Yo quiero esa.
El señor me mira extrañado y se acerca a la bandeja, sumerge las pinzas y algo en el fondo parece removerse inquieto. Algo antiguo e innombrable que quizás lleva eones descansando en el limo esperando a que las estrellas se alinee para…
-¿Seguro que no quieres una del paquete recién abierto? Yo creo que…
Pero entonces le agarro del cuello de la camisa, pego su sucia cara a mi sucia cara y le digo muy serio.
-Quiero esa. La más verde.
El hombre obedece asustado, mete el perrito en el aceite de la freidora y empieza a soltar un humo fluorescente y a despedir un extraño olor. La mete en el pan y me pregunta qué salsa quiero de entre las presentes. Elijo salsa de ajo, le pago y me marcho. Me siento en un banco cerca de allí, uno de madera quiero decir, no uno de los que roban a la gente, y doy el primer mordisco.

Y de pronto la realidad ante mis ojos comienza a desvanecerse. Como una figurita de boda metida en un microondas o un soldadito de plástico bajo la lupa de un niño sádico. Miro las luces que se mezclan en combinaciones de colores únicas y la música se ralentiza hasta convertirse en una letanía, un canto triste y melancólico. Las gentes a mi alrededor están desnudas de pronto, libres de ropa, carne y hueso. Y es entonces cuando puedo ver la verdad.

Entonces me doy cuenta de que todo es mentira, que todo lo que nos cuentan, lo que aprendemos y creemos comprender no es más que una ficción creada para utilizarnos como marionetas de un sistema que al igual que una obra de teatro necesita que cumplamos con nuestros papeles para poder llegar a su trágico final.
Me doy cuenta de que lo único que importa es lo que hemos dejado a un lado, como los árboles que languidecen en lejanos valles amenazados por las llamas, los animales que viven con temor a encontrarse con uno de nuestra especie, los mares y los ríos que envenenamos con total tranquilidad.

Me doy cuenta de que el progreso fue un fracaso, la mayor estupidez jamás cometida pues nos ha llevado a este sistema capitalista que fagocita nuestras necesidades reales para alimentar a las adquiridas, volviéndonos dependientes de objetos que a su vez nos incitan a desear comprar y ello a la ansiedad del fracaso perpetuo.
Y me doy cuenta al mirar arriba de que ya no observo las estrellas como antes, que he olvidado sus nombres, sus localizaciones y ya no veo las formas que trazan pues mis ojos ya no distinguen esas líneas imaginarias que las unen en los sueños.

Porque no somos mas que motas de polvo venidas a más. Pequeños nódulos de ego que arrasan con todo a su paso para sentirse importantes. Seres gregarios que han perdido la capacidad de empatizar y por lo tanto de recibir el mínimo respeto por parte de sus semejantes. Y es por eso que estamos solos en el universo, en nuestro planeta y en nuestras propias mentes.

Y veo nubes brillantes cabalgadas por seres celestiales que me sonríen al pasar, con dientes tan brillantes como los soles que transportan aurigas tiradas por caballos alados. Veo aves de fuego renaciendo de sus cenizas una y otra vez implorando a los cielos el descanso que merecen, cayendo en picado ante damas de belleza tal que convierten a quienes las miran en estatuas de piedra con corazones de miel. Veo santas compañas desfilando ante mí, portando las almas de aquellos cuya suerte terminó, llamándome con cantos de sirena para que cruce el umbral que separa la vida de la muerte y la sinrazón.

Hasta que finalmente despierto para regresar al sueño de la realidad. Miro el papel manchado de verde donde antes había estado ese perrito caliente visionario y me levanto para volver a mi casa. Y al pasar frente al puesto de comida veo un cartel que se me pasó leer antes. “Frankfurt vegano” dice. Y así me doy cuenta de que quizás mis visiones no fueran fruto de la química de un alimento en mal estado sino de la necesidad de romper vínculos con un estilo de vida alienante. Y ya no sé si el problema es el mundo o soy yo, que debo escribir menos y leer más.

miércoles, 3 de julio de 2019

De dojos y charcuterías

¿Cuántas veces habré dicho ya en este blog que el deporte no es lo mio? ¿Cien? ¿Mil? ¿Veinte? Pues es posible que ahora, tras años de renegar de él, deba tragarme mis palabras pues. Y es que los años no pasan en balde. Incluso aquellos que tenemos la suerte de contar con una generosa genética que nos mantiene tersos y estilizado cuando otros de nuestros semejantes languidecen en la decrepitud de las marcas de la edad, llega un momento en el que tenemos que plantarnos, tragarnos nuestros principios y aceptar que esto ya no es lo que era, que todo cruje, tira y duele y quizás la única forma de preservar algo de movilidad y garantizar calidad de vida para el futuro sea arrojarse en los fuertes y sudorosos brazos del deporte. Tomad frase larga.

Y sumido en esas ideas de preservación física me hallaba yo cuando por casualidad, entre anuncios de batidos hiperprotéicos, máquinas de abdominales milagrosas y nuevos gimnasios con relucientes aparatos que harían las delícias de cualquier inquisidor, me topé con algo que llamó mi atención. Al girar una calle cualquiera de un barrio cualquiera vi lo que parecía ser un dojo de entrenamiento japonés al antiguo estilo, con sus letritas chinas, sus dibujitos de samuráis y otras cosas que evocaban tradiciones ancestrales de oriente donde como todo el mundo sabe, los ancianos de noventa años son capaces de dar volteretas prodigiosas, subirse corriendo a los árboles y lanzar ataques tan veloces com precisos. ¿Sería eso lo que estaba buscando y que alguna fuerza cósmica, llamada azar, providencia o complot judeo-masónico, había colocado ante mi?

Dudé un rato. Adentro no se oía nada pero al final entré, ya que no había timbre y esperar fuera de forma indefinida me pareció absurdo. Entré, decía, y me encontré en un pequeño vestíbulo que olía a infusiones de esas fuertes, sudor humano y algún tipo de incienso. Tras un mostrador bastante alto había una chica que me miraba sin decir nada y como supuse que sería alguien del lugar, me acerqué a preguntar. Me dijo que allí se daban clases de kenjutsu, el arte milenario de la esgrima japonesa y que si me esperaba unos minutos podría hablar con el Maestro para informarme de todo. Como no, el Maestro resultó ser un señor bajito, oriental a más no poder, con sus bigotes blancos y su trencita. Hablamos de horarios, precios y cosas así y quedamos para empezar las clases cuanto antes. Salí a la calle con cierta ilusión. ¿Habría encontrado por fin un deporte que me gustara? Seguid leyendo y lo que sucedió os va a sorprender. Clickbait al canto.

Llegó el día y regresé al dojo con mi chándal recién comprado (nunca había tenido uno) y una mochilita con calcetines limpios y algo de ropa de recambio por si sudaba mucho, me hacía caca encima o algo. Me metí en la sala de entrenamiento que era un tatami simple decorado al estilo japonés del período edo y con una sorprendente variedad de armas, especialmente “daishos” (la combinación de katana, wakisashi y tanto) junto con el maestro y dos señores más, uno jovencito y otro algo más mayor que yo y muy corpulento. Nos hicimos el saludo de rigor y rápidamente comenzamos el entrenamiento, que debo decir que fue bastante duro para mi cuerpo.

Estiramientos imposibles, volteretas, esquivas y ejercicios de fortalecimiento sosteniendo armas en las manos para “hacernos uno con la espada” tal y como repetía el Maestro. No hubo conversaciones ni bromas, eso sí, todos muy serios entrenando, mostrando gran respeto por nuestro sensei y aplicando sus enseñanzas en la medida de lo posible.

Cuando terminó la clase yo estaba molido y en los vestuarios traté de hacer gala de mi humor para ganarme algo de confianza con mis dos compañeros pero no lo logré. El jóven se marchó con la cabeza baja sin decir ni mú y el grandullón se limitó a mirarme con la misma severidad inexpresiva que durante el entrenamiento. Menuda gente rara. Y como al final me quedé el último por mi falta de habilidad al atarme los cordones, aproveché para hablar un poco con el Maestro.

-Pues… Ha estado bien la clase. Me ha parecido muy interesante y tanto estiramiento es justo lo que necesito para desentumecer mi espada y extremidades.
-Kenjutsu sel el alte malcial definitivo. Tu loglal un cuelpaso si sel tenaz y voluntalioso -me respondió él con ese carácterístico accento.
-No lo dudo. Además conozco un poco el folklore japonés relacionado con la espada. Hace unos años me leí “El libro de los cinco anillos” de Myamoto Musahi y he visto casi todas las de Kurosawa, además de muchos episodios de “Humor amarillo”, que salía Takeshi Miike.
-Glades dilectoles Kulosawa y Miike.
-Si. Y bueno… No dejamos claro el tema del pago. ¿Efectivo, tarjeta, paypal?
-Como tu quelel. Lo único es que pagal antes de día tleinta polque sel tolneo mensual y tu sabel…
-¿Torneo mensual? No me habló de eso cuando me apunté.
-Tu no pleguntal.
-Es que es complicado preguntar por algo de lo que no se es consciente que existe.
-Cada mes celeblal tolneo. Pol eso llamalse “tolneo mensual”.
-Ya. Hasta ahí había llegado.
-En tolneo mensual alumnos coompetil pol sel ganadoles y seguí en dojo.
-¿Entonces a los que pierden se les expulsa?
El Maestro me miró entonces con esos ojitos de rata que se le abrieron de par en par en la medida de lo posible, claro.
-Peldedoles deja de existil. Sel duelos a muelte.
-¿Me estás diciendo que todos los meses tus alumnos se matan entre ellos?
-Colecto. Hacelse salami entle ellos. Chopped. Moltadela. Esto sel chalcutelía todos los meses.
-Pero… Yo he venido aquí a paliar mis problemas de espalda no a convertirme en un guerrero que se juega la vida…
-¿Tu cleel que Musashi luchal pol quítale dololes de espalda? ¿Tu cleel que los siete samulais luchal pol mantenelse en folma? ¿Tu pensal que los cincuentamil samulais caídos en la batalla de Sekigahala entlenaban pala esta guapetes y cachitas pala las tias? ¡Tu espada sel tu alma y una vez la tocas ya no podel vivil más que pala matal o… ¡Molil!

Y así. Con esa idea en la cabeza me marché del lugar, volví a mi casa a arropar a mis hijas, cenar algo y acostarme prontito que mañana hay trabajo y seguro que tendré agujetas y al acostarme el sueño rehuyéndome y esos dos ojitos megros mirándome sin dejar de repetir en mi cabeza eso de “¡Molil, molil, molil!”.

Y ahora ya no sé si darme de baja o seguir un tiempecito más. Si es que al final la vida se reduce a estar tomando decisiones todo el rato. Ya os contaré… o no.

jueves, 20 de junio de 2019

De precintos y casi veranos.


Sé que viendo mis últimas entradas muchos de vosotros (y alguna de vosotras) pensará que estoy forrándome de pasta gracias a mis habilidades literarias y los numerosos eventos de alto nivel cultural a los que asisto, pero no. Nada más lejos de la realidad. Soy igual de miserable que siempre, quizás más, y necesito autoinmolarme día tras día, madrugón tras madrugón y kilómetro tras kilómetro para poder mantener a mi familia bien cuidad y alimentada. Es por ello que aclarado este punto me dispongo a contaros una anécdota camioneril que como siempre que me pasa algo, estuvo a punto de costarme la vida... o algo peor.

Resulta que como todos/as/ es sabréis, los transportistas debemos disponer de herramientas para cargar cualquier tipo de mercancía y entre los utensilios para transportar piedra hay caballetes de hierro, tablones de madera, cadenas, cintas, carruchas y un largo etcétera que incluye, en caso de cargas delicadas como láminas de piedra caliza o areniscas, protectores para el hierro de los soportes y cinta de precinto para mantener esos soportes unidos. ¿Si? ¿Estamos en situación? Pues empiezo.

Hace relativamente poco (de una semana a un año) abrieron en mi querido lugar de residencia un bazar chino nuevecito, con una tele de plasma gigante en la fachada que anuncia el mismo bazar y pasillos y pasillos de objetos útiles o no, pero en cualquier caso de bajo precio. Y allá que fui en busca de un rollo de precinto porque el que tenía se estaba terminando y sin él no soy nada, como la canción de Amaral. Me hice con el rollo, pagué, me lo llevé al camión y cuando lo usé quedé maravillado por sus prestaciones. Era elástico pero resistente, con un grosor perfecto y un adhesivo increíblemente fuerte. Todos los que lo veían quedaban asombrados a su vez, preguntando donde lo había comprado y anunciándolo a los cuatro vientos. En cuestión de semanas todos los camioneros de la provincia se habían comprado el mismo y yo, el pionero descubridor del precinto perfecto me había convertido en un ser adorado e idolatrado por todos. Que ya era hora, joder.

Y esos fueron los días de bonanza que precedieron a la tormenta. Me invitaban a cafés en el bar, me cedían la mesa en los restaurantes y el paso en las rotondas. Podía conducir dormido que un enjambre de camiones se encargaban de guiarme y apartar los obstáculos a mi paso para que llegara sano y salvo a mi destino. Cambios mal devueltos a mi favor, la mejor fruta del mercado, funcionarios renunciando a su almuerzo por atenderme, partidas de rol semanales, mosquitos evitando picarme... Todo era maravilloso hasta que sucedió el terrible infortunio que da sentido a este texto que ya se está haciendo largo y pesado.

Un buen día saqué mi flamante rollo de precinto para asegurar unos tablones sobre el metal de los caballetes cuando me di cuenta de que a medida que lo desenrollaba perdía efectividad. Cada vez era más fino y quebradizo, pegaba menos y al cortarlo quedaba hecho un desastre. Pensé que se trataba solo de una mala racha pero no; cuanto más desenrrollaba peor se ponía la cosa y entonces llegué a la conclusión de que la primera mitad había sido excelente para ocultar el desastre que seguía. Debí haberme imaginado tal estafa cuando salí del bazar tras hacerme con la cinta y todos los chinos reían mientras me señalaban. Que iluso fui... y lo peor de todo era que ahora una legión de camioneros estaría a punto de descubrir el engaño y apuntarme a mi como culpable con sus gruesos y poderosos dedos.

Y estaba yo conduciendo y pensando en como informarles del infortunio del precinto cuando vi que en la autovía me seguían varios trailers, todos de la zona y cuyos conductores sacaban sus gruesos brazos por las ventanillas, monstrándome sus puños poderosos. Era demasiado tarde. Habían descubierto el engaño. Y yo era el culpable de todo. Tomé un desvío tratando de despistarles pero me siguieron y gracias al milagro de las emisoras cada vez tenía más detrás de mi. La cosa se ponía fea pero por suerte iba con el depósito lleno y la caja vacía con lo que no iba a dejarme atrapar tan pronto. Comencé un ascenso por un camino secundario que bordea una conocida montaña de la zona y noté los primeros estragos en mis perseguidores; los que iban cargados con bloques o palés comenzaban a quedarse atrás, aunque seguía con una docena detrás de mi, de todos los tamaños y formas.

Mi camión es rígido, es decir que no es un articulado y eso supone una ventaja cuesta abajo pues se pueden alcanzar mayores velocidades sin miedo a las curvas por lo que me lancé por un puerto de montaña especialmente retorcido y pude ver como algunos tráilers, incapaces de coger bien las curvas acababan haciendo la tijera, bloqueando el paso a otros y explotando en bellas bolas de fuego, color e imaginación. Apenas tenía cinco camiones detrás, cuatro rígidos y un tráiler superviviente.

Traté de dejarles atrás en una recta pero no fue posible. Limitadores de velocidad trucados, supongo. Debía soltar lastre y lo más pesado a mano era la caja de herramientas. La tiré por la ventana y al chocar contra el suelo se abrió, llenando el asfalto de destornilladores, llaves inglesas, tornillitos y otros objetos pnzantes/ resbalantes con lo que uno de mis perseguidores perdió el control y volcó, derramando su cargamento de odio. Oro más se quedó atrás al recordar que era el aniversario de su mujer y que todavía no le había comprado nada, dejándome solo con tres perseguidores y la esperanza de poder salir de una pieza de tal situación.

Un camión pequeño, de tan solo dos ejes (el mio tiene tres) se situó a mi lado y comenzó a embestirme para sacarme de la carretera, pero el mayor volúmen y peso de mi vehículo hizo que saliera despedido, cruzara un campo de alcachofas, atravesara un granero, subiera a una colina, saliera volando en la parte superior y aterrizara en una charca de aguas fecales donde se hundió hasta las ventanillas. Solo quedaban dos. Un tráiler y otro camión como el mio se situaron a ambos lados, me estrujaron para que no pudiera escapar y comenzaron a arrojarme objetos por las ventanillas. Uno me lanzaba llaves inglesas y el otro hacía lo mismo con repuestos, bombillas y bolas de papel albal de los bocadillos. Yo lo esquivaba todo con gran habilidad y los objetos iban a parar al otro camión, proveyéndoles de más munición para un conflicto que parecía que iba a prolongarse hasta el infinito, hasta que sucedió lo inesperado.

Me pareció ver a una inocente y desvalida oveja en la carretera y frené en seco (al final resultó ser una camiseta vieja arrastrada por el viento) haciendo que los dos camiones que avanzaban en paralelo se autoagredieran, saliendo uno herido de muerte y estrellándose para hacer una crisálida en su cabina y esperar renacer, seguramente en una forma superior, algún día de esos. El otro chófer no pudo hacer otra cosa que frenar, cruzarse en la carretera y bajar de su cabina. Me miró. Le miré. El sudor resbalaba por nuestras frentes y nucas, empapándonos las camisetas. El sol de casi verano era el único testigo de ese duelo que terminaría con uno de los dos mordiendo el polvo.
-Hace calor -le dije.
-Ya lo creo -me respondió.
-Y eso que todavía no ha entrado el verano verano.
-Verano verano... Veranero.
-Verano verano, veranero veranoide.
-No sabes como acabar esta entrada... ¿Verdad? -me dijo.
-Es que no tengo ni ganas de escribir, pero ahora que he llegado hasta aquí siento que debo terminar lo empezado.
-¿Y si te digo que hace un calor que tetorr..?
-No por favor. Ya no pongo ese tipo de fotos en el blog. Habré madurado o habrá madurado la sociedad o quizás todos hemos cambiado un poco sin darnos ni cuenta, convirtiéndonos en personas no necesariamente mejores pero sí más útiles para este sistema que nos empuja a actuar según designios que ni siquiera controlamos.
-Pues para no tener ganas de escribir te estás explayando.
-Calla y muere.
Y así le arrojé la punta seca de un bocadillo olvidado en el bolsillo interior de mi chaleco de verano terminando con él y con este sindiós.
A tomar por saco.