lunes, 7 de septiembre de 2020

De monotonia laboral y señales de alarma.

 


Están siendo unos meses raros, lo admito y reconozco, aunque supongo que eso no sorprenderá a nadie ya que además de que está siendo un año complicado para todo el mundo, yo soy especialmente sensible a los cambios. Y uno de esos cambios, ya metiéndonos en el siempre aburrido ámbito de lo laboral, me ha dejado sumido en un estado de desconcierto y alienación nunca experimentado en mis carnes hasta este momento.

Y es que si había algún punto en común en el sinfín de oficios que he ejercido, ese era mi derecho a obnubilarme, distraerme y sumergirme en mis propios pensamientos manteniéndome así al margen de las obligaciones y preocupaciones del susodicho. Pero desde hace unas semanas soy el telefonista de un concurrido centro de salud de una famosa localidad costera del levante peninsular y eso es harina de otro costal. La jornada laboral son solo siete horas que además se hacen de una tacada por la mañana y el hecho de tener las tardes libres y no estar tostándome al sol desde que éste sale hasta que se pone, debería ser motivo de alegría y albricia. Pero no.

Atender telefónicamente a más de un centenar de personas al día, todas ellas indignadas por el defectuoso funcionamiento del sistema médico ambulatorio, y muchos ellos sin tener a nadie en el mundo a quien contarles la vida, puede ser agotador. Y si tenemos en cuenta que el sistema de llamadas en espera permite que la siguiente llamada esté lista justo al colgar el teléfono de la anterior, puede llevar a cualquier persona, por muy equilibrada que sea, a la más absoluta locura.

Y ahí estoy yo, sentado frente a una pantalla sin dejar de teclear con una mano mientras sostengo el auricular con la otra, tomando apuntes con la boca y mandando con el pie señales en morse a mis compañeros de celda. Cinco personas metidas en ese habitáculo asediado por ancianos indignados al más puro estilo George Romero.

Cada día lo mismo, cada hora, cada minuto, cada segundo de verme privado de mi capacidad de ser en lo más esencial de mí mismo, una persona pensante, con autonomía mental para lograr la abstracción; alguien capaz de decir aquello de “pueden poseer mi cuerpo pero nunca controlarán mis pensamientos”, alguien a quien su creatividad le resultaba liberadora por encima de cualquier horario o jefe abusivo. Pero ya no soy ese. Ahora no soy nadie más que una voz ronca y cansada tras un teléfono sin ser capaz ni siquiera de desear que todo se vaya a la mierda de una vez.

Pero entonces sucede. Se abre la ventana amarilla de alerta por agresión en la sala de enfermería 1.

No sé si lo sabéis, pero en los centros de salud y otros lugares hospitalarios con atención al público existen unos dispositivos que al ser accionados alertan a todos los compañeros del centro de que se está produciendo una agresión a algún facultativo, así como la sala en la que ello está sucediendo para que los compañeros puedan ir en su ayuda. Y ha pasado. Por fin pasaba algo en ese lugar de hastío y monotonía.

Al ver la señal de alerta mis ojos muertos se abren de par en par. Por fin algo de acción. Me levanto de la silla haciéndola caer sobre su respaldo mientras vuelco la mesa con el ordenador y el telefonito con un rugido de furia liberadora. Me arranco la parte de arriba del uniforme a lo Hulk Hogan y tiro abajo la puerta de la garita de una patada, aplastando a un anciano que hacía cola para rehabilitación. Ya no lo va a necesitar. Salgo a la sala de espera para enfilar el pasillo que lleva a la enfermería atacada, pero la cantidad de gente que hay a esas horas obstaculiza mi camino, así que no tengo más remedio que abrirme paso como sea. Empujo un carrito de bebé al que sigue su madre azorada, agarro dos cabecitas de señoras mayores y las estrello entre sí, lanzo un golpe descendente “martillo pilón” patentado por Bud Spencer a un viejo, y finalmente fulmino a un jovenzuelo con cojera que iba a solicitar una baja laboral con un shoryuken medium punch.

Cuando llego al pasillo las cosas no se ponen más fáciles. La limpiadora, un celador con el carrito de medicinas, un médico cargado de papeles... Nadie puede interponerse entre mi y la señal de alerta amarilla, así que les arrollo utilizando el carro de la ropa sucia y les arrojo a la sala de aislamiento por covid de donde ya no podrán salir sin antes realizarse un test pcr y pasar 14 días de aislamiento aunque sean asintomáticos. Atravieso de un cabezazo la puerta de la sala de enfermería, consulta 2 al final del pasillo a la izquierda, y entro en el lugar destrozándolo todo poseído por una furia justiciera liberadora que hace que en menos de diez segundos todo el mobiliario quede reducido a astillas humeantes. Pero cuando por fin logro calmarme y observo con detenimiento a mi alrededor, allí solo estamos la enfermera y yo. Ella me mira sin poder ocultar cierta sorpresa y me dice que lo de la alerta había sido una falsa alarma, que le había dado al botón sin querer.

Regreso a mi puesto algo decepcionado. Al final este ha resultado ser otro día más.


jueves, 20 de agosto de 2020

De muñecos y recuerdos (amargos)

 

Hace muchos muchos años, antes de la pandemia, de las olimpiadas de Barcelona e incluso antes de

que cancelaran la serie del Halcón Nocturno, yo era un crío bastante tímido, taciturno e inseguro, con una cartera de amigos más bien reducida y una capacidad para conocer gente muy limitada... Más o menos como ahora, pero antes.

La cuestión es que una de mis pasiones eran los juguetes, especialmente los que ahora se llaman

“figuras de acción” y de entre ellas las de los Masters del Universo. No conocía apenas nada del “lore” detrás de esos monigotes, pero sí tenía claro que yo no era de He-Man ni de su tío Skeletor, si no del malo malote Hordak. Hordak era antisocial como yo, le gustaban los bichos raros y además llevaba un ventilador incorporado en una mano, así que lo tenía todo para lograr mi admiración. Curiosamente, nunca tuve el muñeco de Hordak en persona, pero sí conseguí algunos de sus esbirros, como Leech, uno de esos robots desmontables o mi favorito, Mantenna, el espía perfecto. Y ahora vamos a la historia que quería contar desde el principio.

Yo era un niño retraído, como decía, y en esos tiempos llegó a mi clase un nuevo alumno de nombre

Miguel y que acababa de mudarse al pueblo. Miguel tenía todas las papeletas para ser un inadaptado: Era de fuera, no conocía el idioma en el que nos comunicábamos los demás coloquialmente y para colmo sufría la peor maldición que un ser humano podría acarrear: Era pelirrojo. Y seguramente por esa unión de características me resultó fácil acercarme a él y entablar una amistad de esas infantiles tan bonitas y que ahora recordaría para siempre con cariño de no ser que ese Miguel resultó ser un puto psicópata de mierda.

Al principio eran cosas sutiles. Se ponía triste cuando no le hacía caso, me decía que yo era su

principal apoyo en el pueblo y siempre que podía venía a mi casa a jugar. Pero lentamente la cosa sefue poniendo fea y cuanto más me acercaba a él más me aislaba de mis antiguos y escasos amigos.

Miguel se enfadaba cuando me veía jugando con otro, saboteaba mis planes para hacer cosas sin él y casualmente siempre que venía a mi casa, alguno de mis juguetes desaparecía. Yo no era el niño más listo del mundo, pero no tardé en darme cuenta de que había algo siniestro detrás de esa amistad, aunque todos mis intentos de poner distancia entre Miguel y yo terminaban con discusiones, insultos y al final llegamos a las manos. Bueno, para ser sincero, solo él llegó a las manos ya que yo me limité a recibir golpes sin más.

Que me pegara se convirtió en la tónica habitual y de pronto me encontré aislado del resto del

mundo con el zumbado de Miguel como única opción tanto dentro del cole como fuera. Contárselo a mis padres me parecía algo vergonzoso, ya que estaban muy contentos de ver lo “amigos” queéramos y no habría sabido como expresarlo... Hasta que un día llegué marcado a casa y quisieronsaber quién me había zurrado.

Tras la dramática revelación, mis padres corrieron a hablar con los de Miguel y el resultado de esa

charla resultó ser tan sorprendente como reveladora para mí y el universo entero. Resultó que ese Miguel era un pobre niño cuyos padres se habían separado y al desaparecer del mapa su progenitormasculino, la madre se había visto obligada a trabajar en un pueblo a cuatrocientos km de su lugar de origen causando una serie de desequilibrios emocionales al pobre Miguel que le habían obligado a convertirse en un niño malo en contra de su naturaleza benigna. Resumiendo: Miguel era un niño maravilloso que me pegaba porque nadie le entendía en su situación. Y yo allí escuchando la historia del energúmeno ese, flipaba al darme cuenta de que incluso mis padres estaban justificando al agresor y pidiéndome a mi, la víctima, un poco de comprensión.

Por suerte, la charla que le daría su madre, funcionó. Desde ese día Miguel se contuvo, fuimos amigos medio normales y mantuvimos cierta distancia de seguridad entre nosotros... Hasta que terminó el curso. Miguel debía regresar a su plane... ciudad de nacimiento y eso se suponía que debía darme algo de pena. Mis padres decidieron que sería una buena idea celebrar una pequeña fiesta de despedida para el niño con el objetivo de limar asperezas y que nos quedásemos con un recuerdo medianamente agradable el uno del otro, como si eso fuera posible.

Recuerdo que merendamos en mi casa, que todo fueron risas, que nos lo pasamos bien y nos

despedimos cortésmente. Él parecía tener algo de prisa por desaparecer del mapa y yo, aunque me lo pasé bien esa última tarde, deseaba no volver a verle jamás y continuar con mi triste y aburrida vida lo antes posible. Pero en ese momento del adiós no podía sospechar que Miguel no se marchaba solo de mi casa.

Al día siguiente preparé a las fuerzas de asalto de Hordak para una peligrosa misión debajo de mi

cama. Allí estaban todos listos para recibir órdenes excepto Mantenna, pilar indispensable para cualquier tarea de vigilancia y rastreo. Lo busqué por todas partes, por todos los cajones, por todos los rincones polvorientos... ¿Como era posible que ayer hubiésemos estado jugando con él y hoy estuviera en paradero desconocido? Maldije mi despiste y seguí buscando durante días, semanas y meses hasta que me rendí a una verdad a la que me había estado resistiendo durante todo ese tiempo: Mantenna estaba con Miguel, fuese donde fuese donde ahora viviera ese crío, y nunca jamás iba a volver a mi lado, pues ese era el último trofeo que me había arrebatado, la prueba de su no arrepentimiento, de que nunca hay que perdonar sino odiar más si cabe a quienes nos hacen daño de forma gratuita.

Fue el peor verano de mi vida. Mi honor estaba mancillado, mis fuerzas de Hordak mermadas, mi

moral rota. Ya nunca podría confiar en ningún niño y había perdido las ganas de seguir jugando y respirando. Por no poder no podía ni jurar venganza, al encontrarse mi rival en paradero desconocido.

Y así pasaron los años, de diez en diez hasta que... Ahora que tengo cuarenta me he comprado un

Mantenna por Wallapop con la esperanza de cerrar esa antigua cicatriz, pero no. Sigo queriendo sangre. Su sangre.

martes, 14 de julio de 2020

Cine de los 80 (Paternidad 49)


Un domingo de julio; uno de esos de mucho calor en los que no apetece nada más que quedarse en casa hasta que anochezca, viendo una buena peli y sorbiendo algo fresquito. La tarde ideal para tirar de videoteca y ver una de esas clásicas con mis pequeñas. 

Recorro interminables pasillos repletos de estanterías abarrotadas de viejas cintas de VHS que en su día visualicé con esa mezcla de inocencia y fascinación que tanto invita a soñar y que al final me convirtieron en lo que ahora soy mientras repaso mentalmente qué títulos podrían ser los adecuados.
Los Goonies, vista; La historia interminable, vista; El vuelo del navegante, Los bicivoladores, Cristal oscuro, Robocop, las Tortugas ninja… Todas vistas ya por mis pequeñas, pero todavía quedan cientos y cientos por visualizar. 

Finalmente me detengo sobre un cinta que llama poderosamente mi atención: He Man y los masters del universo, una película de culto con un Dolph Lungrunden en el papel de héroe haciendo sombra al mejor Schwarzenegger y unos efectos especiales dignos incluso de mediados de los años noventa. No hay duda de que hoy toca ésta.

Subo las escaleras del subsótano con la película en las manos y una sonrisa de buen padre marcada en mi rostro, entrando en el comedor para anunciar la buena noticia a mi hija mayor (la pequeña no sé donde está) con jolgorio y fanfarria.

-¡Hija mía, hoy es un gran día porque vamos a ver la película de He Man!

-¿Jiman? ¿Eso qué es? Yo no quiero ver eso.

-¿Como que no quieres verla? He Man y los másters del universo… Por el poder de Grayskull y todo eso…

-Papá, esas películas solo te gustan a ti. Son todas iguales y cutres y pasadas de moda.

-¿He Man pasado de moda? ¿Como puedes decir eso? Hay cosas que nunca pasarán de moda porque serán siempre lo top de lo top.

-Que no, papá. Yo me subo a mi cuarto a escuchar música en streaming, tú haz lo que quieras.

-¿Estrimings? Pero… Grayskull…

Y así mi pequeña, que quizás ya no lo sea tanto desaparece de mi lado y reaparece en algún otro lugar lejos de mi generación dejándome allí, solo, mirando al Dolph Lungren de la portada que a su vez me mira como diciendo “a mí que me cuentas, yo también me he quedado hecho mierda” y casi estoy a punto de dejar caer una lágrima cuando una vocecita a mis espaldas, cinco años más joven que mi hija mayor, me pregunta.

-¿Qué película es?

-He Man, una de espadas, monstruos y portales dimensionales.
 
-¡Bien, yo la quiero ver!

Y así es como termina una historia pero empieza otra. El motivo por el que hay que tener a los hijos con algunos años de separación. La certeza de que en cinco años más estaré más solo que la una menos veinte.

sábado, 20 de junio de 2020

De sueños y necesidades primarias


Llego a casa después del trabajo y noto que ésta no es igual que antes. El papel de pared es distinto, el mobiliario no me suena de nada y hasta la distribución de las habitaciones ha cambiado, pero por algún motivo, no me importa demasiado. Es mi casa y punto. Voy directo a la cocina a hacerme algo de comer porque por algún motivo soy soltero y no tengo cargas ni obligaciones familiares de ningún tipo y allí, sobre la mesa de lla cocina me espera esa chica que me gusta tanto del instagram, esa a la que a veces le río las gracias pero nunca se digna a contestarme, esperándome para una sesión de sexo tan inesperado como necesario. Comienzo a quitarme la ropa a toda prisa para no hacerla esperar, a la pobre, y apenas hemos empezado a retozar cuando recuerdo que no he comido y tengo mucha hambre. Le digo que se espere, rebusco por los armarios que están vacíos y salgo a toda prisa hacia el súper. 

Corro cesta en mano entre estanterías repletas de donuts, patatas fritas, bollerías varias y comida rápida de todo tipo hasta que me doy cuenta de que he dejado a esa chavala tiradísima y que ya tendré tiempo de hacer la compra cuando hayamos terminado. 

Salgo corriendo de nuevo hacia mi casa, que por cierto, no sé ni donde está ya que todo el pueblo parece haber cambiado y se me hace de noche. Veo gente haciendo el amor en las calles, en los portales, otros paseando como si nada comiendo patatas al jamón, mis favoritas ya que llevan la mayor cantidad de glutamato del mercado. Huele a comida china, turca, india… Todo muy especiado y sabroso. El estómago me ruge y pienso que porqué no me habría comprado algo en el súper ya que estaba allí. Me detengo en un cruce y caigo de rodillas abrazándome a mí mismo sumido en la duda de si debería regresar a casa y saciar mi hambre de sexo o de comida, si debería primar el racional deseo de alimentarme o el salvaje impulso de reproducirme. No logro decidirme y se hace de noche, cierran los comercios, los restaurantes y cuando llego a casa, frustrado y hambriento, no queda ni rastro de la chica. 

Me despierto empapado en sudor y con la cabeza latiendo al ritmo acelerado de mi corazón, para darme cuenta de que estoy en mi casa normal, con mi vida habitual, y que todo esto no había sido más que un sueño raro de cuarentón inadaptado. Malditos sean los años. Malditos sean los sueños.

domingo, 7 de junio de 2020

De gallinas y hombres parte 3: APOCALIPSIS

 


Poco duró la paz en el mundo. A duras penas la humanidad se había recuperado del susto de la última pandemia, y las cosas volvieron a empeorar. Esta vez de verdad. Y no es que yo sea una persona especialmente sociable como para ponerme a empatizar y a preocuparme por gentes que no me atañen, pero cuando las patatas al jamón comenzaron a escasear en mi despensa y me vi forzado a salir a comprar más, me di cuenta de que la cosa estaba fea. Fea de cojones. Fea, fea, de cojones cojones.

En los apenas cincuenta metros que separan mi casa de la tiendecita de comestibles variopintos me topé con al menos media docena de cuerpos inertes, muertos a picotazos y algunos de ellos aferrando todavía entre sus dedos restos de plumas blancas, testigos de la fútil lucha que habían librado contra sus terribles atacantes. Las gallinas. Pero no penséis en gallinas de esas simples, de las que miran sin emoción alguna y salen medio volando cuando te ven aparecer. No, que va. Estas nuevas gallinas tenían los ojos inyectados en maldad y odio hacia la raza humana. Habían salido de sus nidos y corrales para acabar con la especie que las había subyugado durante milenios dispuestas a cobrarse venganza a base de pico y espolón para dejarlo todo repleto de cadáveres y caca. Mucha caca. Porque el odio y la venganza no va para nada relacionado con el control de esfínteres.

Llegué a la tienda y llamé a la barricada tras la cual estaba la tendera armada con una escopeta de perdigones y varias granadas de granos de maíz envenenados. No era la primera vez que la veía así de pertrechada si recordáis otras entradas de este blog, como cuando el ataque de los gusanos gigantes zombificadores o las hordas de buscadores de mascarillas quirúrgicas, solo que esta vez el portal estaba lleno de plumas y dentro olía a caldo.
-Buenos días cliente irregular. ¿Qué desea? -Me dijo ella con amabilidad.
-Pues un par de bolsas de patatas al jamón, agua y papel de vater, por favor.
-Uy, uy uy… -respondió ella enigmáticamente. -No va a haber problema con el agua y el papel, pero las patatas…
-¿Qué pasa con las patatas?
-¿No has visto las noticias? Un comando secreto de gallinas se colaron en las instalaciones de Matutano tras enterarse que tenían acuerdos comerciales con la recién destruida Campofrío y arrasaron con todo. Nadie sobrevivió al ataque.
-¿Todos muertos?
-Sí.
-¿Me estás diciendo que mis papilas gustativas ya no volverán a deleitarse jamás con el sabor del glutamato modificado para parecerse muy ligeramente al jamón?
-Así es. Lo siento.
Y entonces adopté la dramática pose de caer al suelo de rodillas y gritar “no” muy fuerte y durante mucho rato con ambos brazos extendidos y la cabeza mirando al cielo.

No quería llegar a este punto, la verdad, pero esas gallinas habían llegado demasiado lejos. Podía soportar los cadáveres en las calles, el olor a caca y la falta de carteros, pero dejarme sin glutamato ya era demasiado. Además, yo sabía quién estaba detrás de todo aquello. Había llegado la hora de contraatacar.

Me dirigí raudo a la calle donde mi tía había tenido un corral treinta años atrás (podéis saber más acerca de los hechos que allí acontecieron leyendo esta entrada) y comprobé que el corral ya no existía y en su lugar habían construido un edificio de siete plantas en cuyo ático podía verse una cálida y agradable luz. Llamé al telefonillo y me abrieron cuando dije que era el pizzero y que llevaba una de maíz con piña. El ascensor no funcionaba, así que subí por la escaleras, completamente a oscuras, hasta llegar al rellano del último piso que sí estaba iluminado y en cuya puerta habían dos gallinas armadas con tenedores jugando al parchís. Mal juego para solo dos jugadores. Mal juego para cualquier número de jugadores, la verdad, porque es una mierda. Me acerqué a ellas sibilinamente, agarré a la primera por el pescuezo y le estampé la frente contra el tablero. Todas las fichitas y dados saltaron por los aires como a cámara lenta y aproveché el efecto para lanzarme contra la segunda y empujarla hasta el hueco de la escalera por donde cayó. Observé su caída pero cuando estaba a pocos metros del suelo comenzó a agitar las alas y logró sobrevivir, aunque estaría lo bastante desmoralizada como para no volver a subir. La puerta estaba bloqueada con una palabra clave aparentemente indescifrable, así que pensé durante unos segundos y tecleé “caponata” y se abrió con un pitido.

Llegué a la sala principal donde había una alfombra grande y bastante fea pues estaba hecha con piel humana, tapices que representaban escenas heroicas de gallinas derrotando a seres mitológicos y carteles de películas a cuyos protagonistas les habían cambiado la cara por la de una gallina o gallo, según procediera. Al fondo un sillón de esos giratorios cuyo ocupante contemplaba una chimenea encendida. Debo decir que hacía un calor considerable, pero supongo que el efecto dramático lo merecía.

-He venido a por ti, gallina primordial. -dije.

El sillón giró, que por algo era giratorio, y me encontré ante una gallina repanchigada con las patas cruzadas que me aplaudía muy lentamente con sus alas.
-Nos volvemos a ver, humano -dijo ella con algo de acento, la verdad.
-Me diste pena en su día y traté de ayudarte. Si llego a saber que te convertirías en una psicópata, quizás me lo hubiera pensado dos veces.
-¿Solo quizás?
-Bueno, casi seguro. Ya sabes que me gustan estas cosas de caos y destrucción. Pero en cualquier caso, yo te creé y es mi deber destruirte.
-Ya no soy la misma gallina a la que le ponías pienso cuando eras niño.
-Ni yo soy ese niño. Ahora peso el doble, me duele un montón la espalda y no veo un pijo.
-Entonces está claro que debemos enfrentarnos en un largo y dramático combate final.
-Que así sea -le dije quitándome la camiseta y poniéndome otra de esas de dormir para no estropear la de calle.

Y así comenzó un combate de épicas proporciones en las que patadas y puñetazos se alternaban con picotazos y golpes de ala. Por cada bofetada que se llevaba la gallina yo recibía otro golpe de similar valor y lentamente ambos nos íbamos quedando agotados y sin recursos bélicos. Pero al final pareció que el delicado equilibrio comenzaba a romperse a favor de la gallina que seguramente habría llevado una vida menos sedentaria que yo y estaba en buena forma a pesar de haber superado ya de mucho su esperanza de vida. Cansado y magullado, mi vista comenzó a nublarse y me di cuenta de que había llegado la hora de usar mi último recurso, ese que quería guardar para el final (de ahí el nombre de último recurso) y que ahora me veía obligado a gastar. Tirado en el suelo metí una mano en mi bolsillo mientras la gallina avanzaba confiada para darme el golpe final. En el último instante saqué un pequeño objeto cúbico y lo arrojé a sus pies.
La gallina se quedó en silencio observando la pastilla de avecrem y se puso completamente pálida.
-Ma… ¿Mamá? -dijo dando un paso atrás.
-Gallina vieja da buen caldo -le respondí yo colocándome estratégicamente frente a la ventana.
-¡Morirás por esto humano! -me gritó como si no tuviera intenciones de matarme ya de antes y saltó hacia mi como un proyectil emplumado. Solo tuve que echarme a un lado en el momento justo y el ave atravesó el cristal y cayó ocho pisos sin fuerzas para volar, quedando aplastada en la acera.

Cuando salí había varios coches de policía acordonando la zona mientras el forense certificaba la muerte del pájaro. Arrestaron a las gallinas que quedaban y a mi me dieron un café y me pusieron una manta encima de los hombros mientras esperaba a que me tomaran declaración. Después me dieron las gracias y me dejaron marchar sin más. No esperaba grandes reconocimientos la verdad, pero en cualquier caso eso era mejor que ser negro, en cuyo caso quizás me habrían matado sin preguntarme nada.

lunes, 18 de mayo de 2020

De gallinas y hombres, parte 2

 
Vivimos en un sistema capitalista que nos impulsa a comprar de forma compulsiva, donde la inmediatez es la norma y ello muchas veces ni siquiera nos deja opción a plantearnos de donde vienen esos productos que creemos necesitar. No dejamos de ver señales que abogan por el comercio justo, la ecología, sostenibilidad y respeto por la vida y la dignidad de humanos y animales, pero nosotros, al final, terminamos comprando sin control ni criterio, como borregos a los que dejan salir un momentito de su corral para que crean que eso es libertad. Y no me gusta, por supuesto, aunque reconozco que incluso teniendo esta idea en mente, a veces es difícil escapar de lo establecido. Incluso sabiendo que el cobalto que va a llevar nuestro nuevo móvil es fruto de la esclavitud, que ese aguacate de la ensalada es el final de una cadena anti-ecológica o que esa figura tan bonita de Songoku ha sido pintada por un niño chino privado de su infancia, no somos capaces de decir que no. ¿Significa eso que somos malas personas? Quizás sí, pero a mi me gusta más pensar que la culpa es de los demás, del sistema y de esta sociedad. Y por si os queda alguna duda, permitidme que os ilumine con un ejemplo.

Hace no demasiados meses acudí a un conocido supermercado del que no voy a decir el nombre, aunque empieza por Merca- y termina por -dona para abastecerme de huevos. Desde que mi tía falleció (ver entrada anterior) me vi obligado a echar mano del comercio tradicional, por supuesto con la inocente idea de que todos los huevos proceden de corrales tradicionales, hasta que me di un golpe con la realidad. Acudí, como decía, al supermercado y me planté delante de la chica que se encarga de vender los huevos y en cuya tarjeta decía “Trina, encargada de la sección de derivados avícolas”.
-Hola Trina, me llamo… -comencé a decirle cortésmente.
-No me importa como te llames -me respondió ella más seca que un bistec demasiado hecho. -Que yo lleve mi nombre apuntado no significa que puedas usarlo a tu antojo ni mucho menos, que yo deba hacer lo mismo con el tuyo. Estamos aquí por una transacción comercial y nada más.
-Ah, de acuerdo no pasa nada.

-¿Qué desea caballero?
-Media docena de huevos, por favor.
-¿Camperos o normales?
Ahí me sentí algo confuso porque nunca había oído hablar de huevos camperos y al dudar, me sentí obligado a preguntarle.
-Perdone que me salga un poco de nuestra transacción comercial, pero no sé qué son los huevos camperos.
-Pues los huevos camperos son aquellos que dan las gallinas que viven en corrales. Éstas gallinas pueden caminar, entrar y salir, estirar las alas e interactuar con otras gallinas, si es que esos bichos son capaces de tener algo parecido a conversaciones. Los huevos normales, en cambio, son los que producen gallinas que viven encerradas en jaulas diminutas desde el día que nacen, obligadas a comer y poner sin contacto alguno con el exterior u otras compañeras, muriendo prematuramente debido al estrés y la ansiedad que son sometidas.
-Ostras… No sabía yo que a las gallinas las trataban de esta forma. ¿Y no sería mejor llamar a los huevos camperos huevos normales y a los normales llamarlos algo así como huevos de agonía?
-No estoy aquí para discutir ni entrar en debates -me respondió con brusquedad. -Vamos a ceñirnos a nuestro cometido.
-Claro, claro, lo lamento.

-¿Qué desea caballero?
-Media docena de huevos camperos, por favor.
-¿De gallinas felices?
Otra vez la duda. ¿Como se podía saber si una gallina era feliz o no? ¿Como medir un factor tan abstracto viniendo además de un animal tan inexpresivo como es la gallina? Los seres humanos somos capaces de adivinar las emociones de nuestros semejantes fijándonos en la posición de las cejas, labios y arrugas de expresión. Pero las gallinas no poseen ninguna de esas cosas. No tuve más remedio que volver a preguntar.
-¿Gallinas felices? ¿Como se sabe si una gallina es feliz?
-Si tenemos en cuenta las gallinas que viven en corrales… -comenzó a explicarme la chica con desgana. -...la mayoría de ellas los tienen situados en el interior de grandes naves industriales. Temperatura y luminosidad controladas artificialmente, alimentación basada en piensos compuestos y esas cosas. Pero algunas gallinas viven en corrales tradicionales, situados en el exterior, con lo que tienen contacto con los elementos, consciencia de las fases del día, y además se alimentan de grano natural y algún bichejo que se encuentren por ahí. Es por eso que consideramos que esas gallinas, las del corral en exterior, son más felices que las otras.
-Entiendo perfectamente. En ese caso las gallinas que criaba mi tía se considerarían gallinas felices a estos efectos de clasificación.
-Ni conozco a tu tía ni me interesa lo más mínimo. Una vez más me estás sacando de mi tarea esencial y obligándome a derivar por derroteros no deseados.
-Usted perdone. Podemos volver a empezar si lo desea.

-¿Qué desea caballero?
-Media docena de huevos camperos de gallinas felices, por favor.
-¿Y qué tipo de felicidad desea?
-¿Comorl?
-Que si está pensando usted en la felicidad que proporciona la ignorancia de no saber que fuera de ese corral hay todo un mundo que explorar y conocer, o la felicidad de esa gallina que aún a sabiendas que vive encerrada, se siente segura y protegida y por lo tanto no anhela escapar?
-¿Me estás dando a elegir entre gallinas que viven en la inopia y gallinas que viven en una distopía?
-Algo así, sí, supongo.
-¿Ha leído usted A George Orwell? Me recuerda mucho al argumento de una de sus novelas en las que…
-No me importa tampoco ese George Orwell o como se llame.
-Lo ha escrito bien.
-…

-¿Qué desea, caballero?
-Póngame media docena de huevos camperos de gallinas felices viviendo en una distopía de corral, por favor.
-¿Pero qué tipo de distopía? ¿Una en la que las gallinas veneran a un líder supremo que…
-¡Huevos normales! -la interrumpí mientras me estiraba del cabello con las dos manos y golpeaba el suelo con mis zapatos de tacón. -Huevos normales y póngame dos docenas, que así tardaré más en volver.

Y fue así, queridos amigos y lectores, como incluso teniendo una idea clara en mi mente como era la de preservar el estilo de nuestros ancestros y dotar a los animales de los que nos alimentamos de la mejor vida posible, al final el sistema capitalista venció y se salió con la suya.
Espero que mi ejemplo os sirva para algo en el futuro, aunque seguramente no os servirá para nada, nunca.



No os perdáis la próxima entrega a la que llamaré: De gallinas y hombres 3: Apocalipsis.

viernes, 24 de abril de 2020

De gallinas y hombres, parte 1

   En los años cuarenta el ejército Español decidió llevar a cabo uno de los más ambiciosos proyectos de toda su historia: fabricar un avión de guerra con componentes exclusivamente nacionales para demostrar así al mundo su autosuficiencia en cuanto a recursos militares para mayor gloria del imperio íbero. Un bonito día de 1953 se reunieron en una base aérea madrileña para presenciar el primer vuelo del Alcotán C-201 varios altos cargos del ejército, ingenieros que habían trabajado en el diseño del aparato, personal del aeropuerto y el mismísimo Francisco Franco jefe de estado por la gracia de dios. La tensión se palpaba en el ambiente. Era un gran día para España y su poder militar. El Alcotán encendió motores y comenzó a rodar por la pista con gran estruendo. Cuando llegó el momento del despegue dio un par de saltitos y zarandeó las alas pero nada más. Se detuvo. Los ingenieros y demás personal responsable miraron nerviosos al dictador que parecía no inmutarse. “Quizás necesite más pista para despegar” dijo uno y el Alcotán repitió la operación cogiendo más carrerilla. Mismo resultado. La cosa ya se ponía tensa del todo a pesar de que Franco parecía no preocuparse. Hubo un tercer intento y el trasto no voló. Llegaron a la conclusión de que los motores no eran lo suficientemente potentes para elevar un fuselaje tan pesado. Que el Alcotán C-201 no iba a volar. Ya se veían todos fusilados. Entonces el caudillo les miró con tranquilidad y pronunció una frase que haría historia: “Puede que el Alcotán no vuele… ¿Pero acaso vuela la gallina y no por ello es nuestra más apreciada ave de corral?”. Y así, de una tacada Franco creó el primer avión de corral al mismo tiempo que hacía justicia por fin ensalzando la figura de la gallina, siempre menospreciada y ninguneada desde los albores de la humanidad. 


De gallinas y hombres (parte 1 de 1 o igual incluso 2, quién sabe)

   Hace tanto desde que fui niño que el mundo ha cambiado de forma considerable. Lo que ahora es una pequeña ciudad, completamente urbanizada y tecnificada, antaño era un pueblo grande, salpicado de almacenes para guardar las cosechas, corrales y jardines. En esos tiempos mi tia tenía un solar grande cerca de mi casa en el que había una caseta, un pequeño huerto y algunas gallinas metidas en un corral. Solía llevarme a por huevos u hortalizas varias que luego me regalaba para mi horror y desesperación pues yo, como niño, lo único que quería era dinero para ir a jugar a los recreativos. Pero bueno, me lo tomaba como una obligación rural-familiar y allá que iba siempre que me lo pedían.

   Un bonito día de abril me fijé en que una de las gallinas del corral tenía mal aspecto. No solo parecía más pequeña que las otras si no que estaba bastante desplumada y ponía unos huevos pequeños y frágiles. Le pregunté a mi tía que qué le pasaba, si estaba enferma, que a mi no me diese esos huevos que seguro que estaban chungos y me dijo que no, que era que las otras gallinas le tenían manía y le zurraban. Le picoteaban cuando iba a por grano, cuando se salía de su lugar de puesta y claro, el pobre animal estaba mal a nivel físico y también psicológico. A mi tía parecía no importarle la suerte que corriera el pobre bicho, pero a mi me afectó bastante y pasé los siguientes días rogándole que la ayudara, que eso no podía ser, que no era justo… básicamente porque yo tenía los mismos problemas en el cole y no quería terminar con los huevos tan pequeños.

   El siguiente día de ir a por huevos mi tía me tenía preparada una sorpresa y es que había decidido soltar por el huerto a la gallina afectada mientras que las otras seguían encerradas en el corral. De este modo podría comer, moverse y poner huevos sin que las otras la agredieran. Me alegré mucho por ella al verla corretear entre las alcachofas, los tomates y las matas de habas. Al verla saltar sobre el borde del pozo y beber agua limpia, al comprobar como acumulaba ramitas secas para hacerse un nido. Parecía que con su recién descubierta libertad hubiese aflorado en ella algún instinto primordial de gallina prehistórica. Y era algo bello de contemplar.

   Pero en siguientes visitas noté que el comportamiento de esa gallina era cada vez más extraño. Sus conocimientos del huerto eran tales que resultaba casi imposible verla más que como furtivos movimientos por el rabillo del ojo. Construía nidos señuelo para que no pudiésemos coger sus huevos y cuando regábamos el huerto mojaba las puntas de las alas en el barro y se pintaba la cara como John Rambo en la peli de Stallone2. Esa gallina se estaba volviendo peligrosa.

   Una mañana aparecimos en el huerto y descubrimos que la puerta del corral estaba abierta. Mi tía no recordaba haberse dejado el cerrojo descorrido y a pesar de echarme las culpas a mi, yo tampoco había sido. Un examen más detallado reveló huellas de gallina que entraban, pero ninguna que salía. Entramos en el oscuro y apestoso corral para encontrarnos a las otras gallinas desplumadas y colgadas del techo como jamones puestos a secar. Mi tía se desmayó de la impresión ante el horror de la escena y yo aproveché que vi algo salir furtivamente del corral para dejarla allí tirada en las cacas para enfrentarme con esa gallina.
La habían dejado libre por mi culpa y ahora que se había convertido en un monstruo debía ser yo quien acabara con ella.

   En medio del huerto nos miramos. Ella cerró sus ojitos negros e inexpresivos y yo me agaché para coger una piedra, pero era un terrón de tierra y se me deshizo en las manos. Sé que de haber tenido labios se habría reído. Me coloqué en posición de combate, que consistía en doblar ligeramente las rodillas y poner los brazos en jarras a la vez que emitía un agudo gorgoteo ancestral y la gallina hizo lo propio abriendo sus alas y rascando la tierra bajo sus patas. Me lancé al ataque y entonces sucedió. La gallina agitó sus alas repetidas veces, se elevó en el aire y voló sobre el muro del huerto para desaparecer en el firmamento cual gavilán. Yo volví a casa con una mezcla de sentimientos que recorrían todo el espectro entre la satisfacción y el desamparo.

   Al cabo de tres semanas de búsqueda infructuosa por parte de la familia, policía y bomberos, recordé que mi tía se había quedado en el corral desmayada bajo los excrementos y la paja pero cuando fuimos ya estaba muerta.