Ya está aquí la navidad, con sus calles abarrotadas de gentes,
voces, luces y villancicos. Una sobreestimulación sensorial
totalmente innecesaria para alguien que ha salido un momento a por
huevos. Me sobra todo. La alegría, los buenos deseos, las
felicitaciones, el frío y los gorritos rojos terminados en borlas
blancas. Camino esquivando a gentes con bolsas de colores y sonrisas
fluorescentes bajo los destellos coloridos de cientos de miles de
adornos que tratan en vano de ocultar las miserias que todos
arrastramos. Pero hoy nadie habla del estrés, de los ataques de
ansiedad, de las dismorfias ni esas voces en la cabeza que les instan
a arrojar a sus hijos recién nacidos a trituradoras de basura
mientras ríen a carcajadas, embriagados por la sensación de ser
dios.
Camino entre el
tumulto tratando de no tocar a nadie, de no rozar ni un centímetro
de esa falsa felicidad cuando noto algo que se acerca a toda
velocidad hacia mi nuca. Esquivo un matasuegras que se desenrolla
junto a mi mejilla con un irritante pitido de silbato cutre de
plástico y mi brazo izquierdo se dispara como un resorte, un
movimiento calculado, innato, instintivo, fruto sin duda de todos mis
años de entrenamiento ninja y mi codo se estrella en un rostro
desconocido, rompiendo sus dientes que salen volando como confeti
ensangrentado. Apenas oigo el ruido del cuerpo al caer y los sollozos
de un niño que ve a su padre agonizar y sabe que estas navidades no
van a ser tan mágicas como le habían asegurado. Quizás en otro
momento de mi vida me permitiría sentir algún remordimiento, pero
hoy no es ese día. Soy un hombre con una misión y solo quedan
veinte minutos para que cierren el súper.
Cuando
llego el escenario no es demasiado alentador. Una turba enfervorecida
está arrasando las estanterías al grito
de “feliz navidad” y me obligan a moverme de forma inestable
esquivando escombros llameantes y cadáveres aullantes en su camino
directo al infierno. No recuerdo donde tenían la sección avícola
pero la idea de encontrar huevos en buen estado cada vez me parece
más lejana. Dos abuelas se pelean a bastonazos por la última pata
de cordero del refrigerador y dos cowboys se baten en duelo por una
caja de gambas. El primero entrecierra los ojos y lleva sus manos a
las cartucheras, moviendo los dedos con gracilidad sin llegar a tocar
las empuñaduras; el otro le imita, entrecerrando un poco más los
ojos y calándose el sombrero hasta las cejas, pero eso no parece
impresionar al primero, que cierra los ojos en su totalidad y dispara
tan erráticamente que agujerea una tubería de gas silano que
estalla con gran estruendo, cocinando las gambas al instante, así
como a todos los seres vivos en varios metros a la redonda.
Aprovechando
la tesitura, salto sobre un señor que corre gritando envuelto en
llamas y le guio hacia la zona de los huevos, cabalgando entre el
caos y la destrucción al igual que haría March
Malaen en sus mejores tiempos, pero al llegar compruebo horrorizado
que solo quedan huevos de codorniz. Saco la calculadora y llego a la
conclusión de que necesitaría seis docenas de esos huevos para
conseguir la tortilla de patata que quiero hacer y abandono a mi
montura, ya convertida en un montón de carbón palpitante para salir
a la calle de nuevo.
Afuera
la gente mira al cielo “¡Milagro!”, gritan al ver caer del cielo
los primeros copos de nieve, aunque no es nieve en realidad sino las
cenizas de cientos de cuerpos abrasados en los incendios que después
de intentar alcanzar en vano el cielo prometido por sus distintas
religiones, regresan a la tierra desesperanzadas, al igual que yo me
resigno a pasar esta noche de navidad sin mi anhelada tortilla de
patatas por la ausencia de huevos normales. Y entonces la veo.
Avanzando
entre la distraída multitud una anciana se mueve furtivamente
apoyada en un andador de esos con sillita tan prácticos y modernos,
y entre sus ropas veo asomar la esquina inconfundible de un cartón
de huevos. Quizás sea un acto deleznable el robarle a una anciana
desvalida, pero es navidad y todo vale, así que me acerco por detrás
aprovechando el caos creado
por la explosión de un vehículo cercano y
trato de asaltarla pero ella me ve por el retrovisor de sus gafas de
ver de cerca e interpone el andador entre nosotros, como el domador
de circo que trata de mantener a raya a la bestia que por lo visto no
había domesticado tan bien como creía. Trato de alcanzarla pero es
rápida reposicionándose
y siempre interpone las mugrientas patas entre nosotros; pierdo la
paciencia y le agarro el andador en un intento de arrebatárselo de
sus huesudas manos, pero se resiste. Es fuerte. No debería
serlo tanto. ¿O soy yo que ya no soy tan joven
y me he descuidado? En cualquier caso noto que va cediendo, le gano
terreno, se debilita, pierde el andador y lo lanzo a lo lejos. Ya es
mía. Pero justo
cuando iba a hacerme con los huevos, los aprieta muy fuerte contra su
pecho y se deja caer de espaldas a la avenida, como el monstruito ese
feo del Señor de los anillos que se tira al volcán para salvar su
tesoro, y en apenas
tocar el pavimento es atropellada por un camión de reparto del
Burguer Queen, quedando tan espachurrada como los huevos que portaba.
Y
ahora sí que acaba mi periplo. Contemplando el cuerpo de una señora
de las de antes, de las que cocinaban con calma
para toda la familia,
adalid de las buenas costumbres culinarias tradicionales, atropellada
por un camión de
comida rápida, menuda ironía, qué paradoja existencial, una muerte
convertida en poesía. Y así me marcho de una vez.
Llego
a mi casa con el frío y la desazón incrustados en el
alma. Abro la nevera y busco algo que llevarme a la boca cuando
vislumbro detrás de una lechuga algo desmejorada ya, un cartón de
media docena de huevos a estrenar que no recordaba que estaban allí.
Al final tanta molestia para nada. Los sostengo triunfante entre mis
manos y pienso que menuda pereza ahora ponte a pelar patatas, cortar,
freír, batir huevos mezclar, dale la vuelta… Así que al final
pido chino y espero al repartidor mirando por la ventana. En la calle
brillan lucecitas tililantes y a lo lejos se ven los destellos
eléctricos y los
fogonazos de los incendios. Y es bonito. Aunque me cueste admitirlo
hay que reconocer que estas son fechas especiales. Ojalá fuese
navidad todo el año.