lunes, 24 de septiembre de 2018

De alcachofas y aceptación.


Sábado por la mañana. Me pongo mis tejanos ajustados, mis botas de cuero, camiseta de Black Sabbath y las gafas de sol. Salgo a la puerta y compruebo que hace un aire suficiente para mover mis rizos salvajes y se empiezan a oír suspiros y ovaciones de las vecinas que me ven aparecer. El rey del barrio ha salido de su guarida; el macho alfa, el dios que camina entre mediocres. Despliego el carrito de la compra y me voy al mercado.

Parece que voy a tener suerte porque todavía es pronto y no hay mucha gente. No me gusta hacer colas porque las viejas que van a comprar siempre se cuelan y si les dices algo responden que están mareadas o despistadas o lo que sea para dar pena... y la dan. Pero se cuelan las muy... El mercado está poco concurrido y aprovecho para pasar por la carnicería donde siempre me atiende un carnicero atractivo y experto en Dragones y Mazmorras con lo que es doblemente agradable hablar con él, después paso a los encurtidos donde un buen día y sin un motivo aparente la encurtidora me puso mala cara y ya se quedó así para siempre y finalmente voy a la frutería/verdulería que siempre dejo para el final por ser lo normalmente menos saturado. Saludo al frutero/ verdulero, pido lechuga, tomates, patatas y pimientos y al final, antes de cerrar el trato me fijo en las alcachofas y le digo que me ponga cuatro o cinco. Y he ahí mi error.

El hombre se acerca al cesto de las alcachofas agarra cinco y al sacarlas para pesarlas me doy cuenta de que el tallo de las mismas mide como un palmo y medio, con hojas y todo y eso no me gusta nada...

-Oiga, señor frutero/ verdulero... ¿No me está pesando mucho “troncho”?
-Las alcachofas son así. Tienen tallo porque son vegetales que...
-Ya, ya sé lo que son y si yo fuera una cabra seguro que no me importaría, pero cuando preparo las alcachofas en mi casa desecho esa parte y por ello no me parece justo que usted me lo ponga y me lo pese como si me lo fuera a comer.
-Claro pero tengo que hacerlo así porque.... (preparando frase solemne) ¡Hay gente a la que le gusta!

Y frente a semejante argumento me quedo sin palabras, agacho la cabeza y me llevo mi bolsa de fibras vegetales rematadas de alcachofa. Vuelvo a mi casa, guardo las cosas, me tomo una infusión de escaramujo con madroño y de pronto me pongo a pensar, como si un rayo de luz divina me hubiese alumbrado.

“Hay gente a la que le gusta”

Esa frase aparentemente inofensiva guarda en realidad un significado más oscuro y nocivo. Diciendo que a otros les gusta dicen que tú eres el raro que debería adaptarse; que eres tú quien debería aceptar y pasar por el aro. Si a otros les gustan los tronchos insulsos de alcachofa, tú debes pagar por ello y si ese frutero hubiese tenido clientes aficionados a la coprofagia perfectamente podría haber pesado unas mierdas y haberlas metido en la bolsa con el resto de compra. Porque si a otros les gusta tú tienes que tragar.

Y es así como nos cuelan corridas de toros en la tele, partidos de fútbol en la sopa y garbanzos mil veces más duros que nuestras muelas en las bolsas de frutos secos variados. Es así como se escucha reguetón en la radio, misa los domingos y sube el recibo de la luz. Y es así como nos venden medicinas en lugar de remedios y crisis en vez de oportunidades de cambio.

Aceptar la razón de los demás frente a la propia no es el modo de avanzar ya que precisamente la razón es algo que depende del punto de vista y del momento vital de cada uno; pero ya se sabe que es mejor meter a las ovejas en el redil, marcadas con una anilla en la oreja, a dejarlas sueltas por el bosque a merced de lobos y cazadores.
Quizás debamos aceptar que la razón es siempre la que nos imponen y que el individualismo no es garantía de nada. Quizás debamos acabar comiendo tallos para que otros coman alcachofas porque es así como funciona el mundo.

Pero una cosa sí que la tengo clara: Mi frutero ha perdido un cliente.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Regalos de mierda 24 (la epopeya de los mapaches 5 y final)

Medianoche. Algo altera el apacible descanso del niño, que se levanta y mira por la ventana. La impenetrable oscuridad parece moverse y tomar forma en los alrededores de la casa cuando aparece lo que se asemeja a una figura oscura antropomórfica que se queda observándole. A la primera le sigue una segunda y a esa tres más. En cuestión de minutos y ante la paralizada mirada del niño, la casa queda rodeada por esas siniestras formas. El niño corre las cortinas, se da la vuelta y se dirige al pasillo para informar del extraño suceso a sus padres cuando aparece la madre corriendo a toda velocidad, lanzándose sobre él y derribándole. El niño no tiene tiempo ni de protestar por la rudeza de su progenitora cuando todo se vuelve violento.
Afuera suenan disparos y de pronto las paredes de madera vieja de la casa son perforadas por cientos de proyectiles que destrozan el mobiliario, hacen estallar las lámparas y rompen todas las botellas del mueble-bar como en las pelis del oeste. Una incesante lluvia de astillas y cristal cae sobre el niño y su madre.
-¡Qué pasa mamá! -pregunta el pequeño chillando.
-¡Nos han encontrado! -responde ella enigmáticamente.
-¿Quienes? ¿Los mapaches?
-Así es, hijo mio. Esos putos mapaches.
-¿Y ahora qué hacemos? -le pregunta él entre sollozos, desesperado.
-Vamos a bajar y huiremos por la puerta lateral.
-¿Y papá? ¿Donde está?
-No lo sé... -responde ella con seriedad-. Te diría que está muerto, pero tu padre es un cobarde y ya se sabe que los cobardes siempre se las ingenian para sobrevivir. Vayámonos sin él.
Y así madre e hijo avanzan a través de las balas que silban y estallan por todas partes, bajan las escaleras y se dirigen a la puerta lateral, pero en esos momentos la principal cede embestida por un todoterreno negro y grande y al abrirse sus puertas aparecen cuatro tipos vestidos de negro, con pasamontañas y armados con subfusiles y bates de beisbol reforzados con pinchos untados de veneno de escorpión recién mordido por una víbora.
-¡Esto no son mapaches mamá!
-Claro que no. Lo de los mapaches era un eufemismo para referirse a asesinos a sueldo enviados por un viejo enemigo con exceso de tiempo, dinero y rencor.
-¡Vamos a morir entonces!
-No -le tranquiliza la mujer-. Tu corre hacia la puerta y yo les detendré.
El niño sale corriendo hacia la puerta, que por suerte está abierta y justo antes de salir observa a su madre que realiza una serie de volteretas y giros por el aire esquivando balas y golpes hasta situarse frente al primer matón, engancharle la cabeza con las rodillas y romperle el cuello con un movimiento de cintura. Con la boca abierta, el niño sale a la calle.

Afuera hace frío pero a pesar de llevar solo un pijama, el niño se muere de calor. El corazón le funciona a toda velocidad y casi puede oír la sangre bombeada en sus sienes; sus jadeos dejan escapar pequeñas nubes de vapor y sus pasos son rápidos y precisos. El único problema es que no sabe hacia donde dirigirse. ¿El monolito en la colina, el árbol de aspecto amenazador, el bosque oscuro y profundo? Cualquier opción parece igual de estúpida pero ya da igual lo que decida porque media docena... no, qué coño... una veintena de matones armados hasta los dientes aparecen de todas partes, armados hasta los dientes y le apuntan con sus armas.
-Di buenas noches, niño -dice el que sin duda es el líder de la banda y a todas luces el más malo de todos.
El niño cierra los ojos con fuerza preparándose para morir. El malo aprieta el gatillo muy lentamente, sin duda para dotar de dramatismo al momento, y entonces algo cobra vida en el viejo cobertizo.
Un rugido ancestral, el sonido grave de una bestia largo tiempo dormida, de vuelta al mundo de los vivos gracias a la violencia desatada en la casa, sin duda alguna. Los veinte matones apuntan sus armas hacia la destartalada construcción a través de cuyos tablones que hacen de puerta y paredes brilla una luz amarillenta. Pasa un segundo, dos... se hace el silencio y al tercero todo salta por los aires. Al principio parece una bestia de acero cromado, brillando con luz propia y montada por un espectro salido del mismo abismo. Luego se revela su verdadera forma.
Un tipo vestido de negro blandiendo una afiladísima espada en cada mano montado sobre una Harley que parece conducirse sola. Los sorprendidos matones apenas tienen tiempo de reaccionar cuando las espadas del motorista ninja les seccionan las cabezas de dos en dos.
La madre aparece de pronto y agarra al niño mientras los disparos se suceden con una cadencia frenética y la moto rueda y derrapa segando las vidas de cuantos hay cerca de ella. En cuestión de minutos todos los agresores están muertos y el misterioso desconocido del cobertizo queda como único ser vivo en pie entre tanta matanza.
-¿Quién es este? -pregunta el niño a su madre con un susurro.
-Es el Motorista Ninja, el héroe definitivo -responde ella claramente enamorada de tan curioso personaje.
-¿Y que hacía en nuestro cobertizo?
-Eso no lo sé, pero por algún motivo siempre aparece en el lugar adecuado y en el momento adecuado. Dicen que controla la moto con un poder ninja-mental y que por ello puede luchar con dos armas a la vez.
-Mola.
-Supermola.
-¿Y quien es en realidad? -pregunta inocentemente el niño.
-Que tonto eres. Pareces tu padre, que mas inútil y no nace -le responde la madre con una sonrisa-. Su identidad secreta es algo que seguro que nunca sabremos.
Entonces el Motorista.Ninja, el misterioso protohéroe anónimo, desmonta, se acerca a ellos y se quita el pasamontañas, revelando su verdadera identidad.
-¿Papá? -dice el niño asombrado.
-¿Tu? -dice la madre decepcionada.
-Claro que soy yo -responde él-. Pensaba que ya lo sabíais. ¿Y qué hacéis ahí plantados? Hay que quemar todas las pruebas.

Y así, como una buena familia unida, comenzaron a amontonar los cadáveres en el centro de la casa y a rociarlos con gasolina. La madre sostuvo en sus manos una de las cabezas, la del líder del grupo, alias Nº2 y al que una vez llamó amigo y la arrojó al fuego de una triste patada. El padre subió la moto a la baca de uno de los coches negros de los malos y comenzaron a recoger sus cosas para lanzarse a la carretera de nuevo, hacia un nuevo hogar. La madre se metió en la cocina, sacó algo de provisiones y algo más que le entregó al niño.
-Toma hijo mio. Guardaba esto para tu cumpleaños, pero creo que ahora también es un buen momento. Disfruta de este bello peluche.



El niño subió al coche con una mezcla de emoción, decepción, asco, rabia y tristeza. Y un poco de tos.

Casi FIN, pero...

El necesario epílogo.

El todoterreno negro se detuvo en el aparcamiento de un bar de carretera. La familia se sentó en una mesa y esperaron a que una camarera apática les sirviera. Comenzaron a desayunar en silencio. Los padres se lanzaban miradas furtivas y viendo que la situación se volvía incómoda, el niño decidió romper el silencio.
-¿Alguien me va a explicar todo esto? -preguntó-.
-¿El qué? -dijo el padre haciéndose el despistado.
-El porqué mamá es una especie de acróbata mortal, tu un superhéroe motorizado y había una organización criminal detrás de nuestras cabezas.
-Ah eso... Es verdad. Creo que ambos necesitáis una explicación.
El padre dio un largo sorbo a su zumo de ciervo y comenzó a relatar su historia.
-Todo empezó cuando yo era joven. Había un videoclub debajo de mi casa y en esos tiempos solo salían pelis de ninjas, por lo que crecí algo obsesionado por el tema. Cuando fui mayor me apunté a un cursillo de ninjitsu donde me enseñaron a usar mis poderes mentales en combinación con mis aptitudes físicas superiores para la noble causa de matar gente de forma estilosa. Logré hacerme con una harley de segunda mano y la convertí en una expansión de mi cuerpo, logrando conducirla con mi mente para así poder usar todo mi cuerpo como arma.
-Eso ya lo sabíamos, pasa a lo importante o va a quedar una entrada muy larga y nadie la va a leer.
-Si alguien ha llegado hasta aquí ya no tiene sentido que lo deje, ahora viene lo revelador.
-¡Cuenta ya la historia, joder papá!
-Sigo... Como decía elegí el camino del bien y me convertí en un superhéroe, alquilando mis servicios al mejor postor, siempre por causas nobles, hasta que me encargaron la misión de borrar del mapa a los miembros de una organización criminal dedicada a robar obras de arte, sustituirlas por copias baratas y venderlas a filántropos aburridos. Desgraciadamente, cuando estaba a punto de cumplir mi misión, descubrí que uno de los miembros de esa organización era una joven muchacha de belleza inimitable y una flexibilidad increíble. Y me enamoré.
-Un momento... ¿Te enamoraste de mamá porque era flexible?
-Cuando seas mayor lo entenderás -le dijo la madre con una sonrisa picarona.
-Como decía, me había enamorado de tu madre pero ella no podía conocer mi identidad, así que la seduje de paisano usando el viejo truco de dar pena y llevé una doble vida desde entonces. Luego vino un taxista loco, me extrajo semen mientras dormía y fecundó a tu madre sin que ésta lo supiera y naciste tu.
-¿Que qué?
-Si. Pero eso está bien explicado en otra historia (Ver “El Padre” en este mismo blog) y no voy a extenderme más. Lo importante es que tu madre aceptó una última misión antes de retirarse definitivamente (Ver “Los santos fojones” en este blog también) y allí las cosas se complicaron.
-¿Qué pasó?
-Pasó que uno de los miembros del equipo se había aliado con el enemigo y había vendido a todo el equipo.
-Número 2... -dijo la madre con algo de tristeza.
-El mismo. Pero debido a las prisas del autor de este blog por terminar la historia, se olvidó de Nº2 y éste no murió al final del relato y por ello volvió en busca de venganza.
-Esperad un momento... -interrumpió el niño-. ¿Me estáis diciendo que todo esto de perder la casa, estar a punto de morir dos veces y ahora vagar sin rumbo y sin dinero es por culpa de un descuido del autor?
-Así es. Es un escritor mediocre.
-¿Y ahora qué va a pasar con nosotros? Es decir... ¿Cual es nuestro objetivo en la vida? ¿Por qué nos pasan cosas malas? ¿Por qué mamá siempre me hace regalos de mierda?
-Escúchame bien, pequeño... -dijo la madre con voz tranquilizadora. -Este blog no lo lee casi nadie. Todos los personajes que aquí aparecen están a borde del abismo del olvido. Bueno, excepto los reyes magos, que pasaron a formato libro, pero eso fue un caso raro. Pero por algún motivo a la gente le gustas.
-¿Yo gusto a la gente?
-Tu... o más bien el hecho de recibir regalos de mierda continuamente. Eso significa que mientras yo te haga esos regalos, seguiremos vivos. ¿Entiendes?
-Entiendo que de mis continuas decepciones depende nuestra existencia.
-Así es. Por lo tanto termínate el pollo que tenemos una vida por delante.
-Es que creo que esto no es pollo...
-¿Qué va a ser si no? Hemos pedido un krispi chicken.
-Esto parece más bien... ¡Carne humana!
Entonces todos los que en esa solitaria cafetería estaban, miraron a la familia con ojos rojos como el fuego del infierno, mostraron unos dientes afilados como bisturís y rodearon su mesa con aviesas intenciones caníbales. La madre se puso en posición de ataque, el padre se colocó el pasamontañas y sacó sus espadas y mientras tanto el niño decidió relajarse y dejarles hacer. Su vida había perdido el sentido, así que disfrutaría del espectáculo.

FIN. Ahora sí.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Regalos de mierda 23 (la epopeya de los mapaches parte 4)


Nota del autor: Una de las cosas que más me sorprenden del hecho de escribir de forma pública, ya sea en libros o en los blogs, es el ver como algunas historias a las que no les he dedicado un gran esfuerzo gustan al público incluso por encima de otras que he pensado y trabajado más. Parece que esta “Saga de los mapaches” de esta sección que tenía casi olvidada que es “Regalos de mierda” está siendo uno de esos pequeños éxitos ya que veo la normalmente escasa audiencia de este blog notablemente incrementada. ¿Qué debería hacer? Normalmente sigo escribiendo hasta que la cago, pierdo calidad y la termino, y esta vez no veo por qué debería ser distinto, así que disfrutad de las andanzas del niño y su extraña familia mientras dure.


Diario de El Niño, entrada decimocuarta.
Llevamos casi un mes en esta choza maldita y las cosas no parece que vayan a cambiar. Todo en este lugar me da escalofríos, desde los sonidos de extraños animales que trae el viento hasta los ruidos retumbantes que se escuchan por las noches provenientes de los oscuros túneles excavados en el sótano. A veces parecen los pasos de alguna enorme criatura y la única noche que me atreví a acercarme a escuchar me dio la sensación de que se podía oír el mar más allá de la impenetrable oscuridad... aunque estamos a varias millas del océano. Otra cosa que me inquieta son los extraños rituales que se celebran periódicamente en el monolito que hay en la colina; y no es que los haya presenciado, pero una tarde que salí a buscar espárragos encontré un postit pegado en la oscura roca en el que ponía “Extraños rituales todos los miércoles de luna nueva. Se pasará lista”. Pero si hay un lugar que realmente me da escalofríos es ese viejo cobertizo de madera negra tras la casa, siempre cerrado a cal y canto y al que tengo expresamente prohibido por mi padre acercarme. Mi padre...
Mamá está normal, si este calificativo fuera aplicable a ella. Parece ignorar en qué lugar estamos y actúa igual que cuando vivíamos en la ciudad; sale a comprar con su carrito y vuelve a casa cargada de bayas y raíces, a veces algún conejo muerto y habla de cosas triviales como si nada hubiera pasado. Además sigue con sus regalos; esos regalos de mierda de los que parece tener un arsenal infinito y que utiliza cada vez que se da cuenta de que mi ánimo está bajo, que es casi siempre, aunque yo lo disimulo siempre que puedo. Lleva ya cinco años con la tontería y ya no creo que cambie.... Pero es mi padre el que me preocupa. Siempre ha sido un hombre callado e impasible, pero el vivir aquí parece haber acentuado esa característica. Está en paz, como si ese fuera su lugar y nada pudiera alterarle. Solamente cuando se nombra el trastero parece mostrar algo parecido al nerviosismo y se asegura de cambiar el tema a otros más amables como el buen tiempo que hizo ayer que casi no llovió, o lo bonitas que son las setas rojizas que crecen bajo el árbol retorcido.
No sé cuanto tiempo más aguantaré esta tensa e incómoda situación, pero estoy seguro de que si no sucede algo pronto, esto va a acabar mal.

Exctracto de diario recuperado de los restos calcinados de la antigua cabaña de Mierdaville en el interior de una mochila que quedó intacta. Se desconoce la fecha exacta de su redacción.



En la proxima entrada... ¿Qué sucedió en Mierdaville para que terminara convertida en una ruina humeante? ¿Que fue del niño y sus padres? La respuesta a estas preguntas y mucho más en”Regalos de mierda, la epopeya de los mapaches parte 5”

sábado, 1 de septiembre de 2018

Regalos de mierda 22 (la epopeya de los mapaches parte 3)

La estrecha carretera de tierra serpenteaba entre altos árboles y curiosas formaciones rocosas, ascendiendo en ocasiones y bajando en otras hasta desembocar, ya de noche, en una pequeña llanura bañada por la luz de la luna y que parecía estar situada en otro mundo. En el centro había una desvencijada casa de masera oscura. Un cartel colgaba de dos postes carcomidos cuando terminaba el camino. “Mierdaville” rezaba.
-Mamá, papá... ¿En serio? -protestó el niño al bajar del coche y ver el lugar al que se acababan de mudar.
-Es una casa robusta, a la antigua, y en un enclave natural precioso -dijo el padre quitándose las gafas de sol después de haber conducido casi una hora con ellas puestas, de noche y por un camino desconocido.
-¡Es una ruina horripilante! -siguió protestando el chaval señalando cada elemento del lugar como la casa, el cobertizo torcido, el árbol del ahorcado, el estanque pútrido, la colina del antiguo monolito repleto de símbolos indescifrables más antiguos que el mismo universo... -Todo en este lugar presagia cosas malas. Y seguro que habrá un montón de bichos.
-No te preocupes -dijo la madre rompiendo su silencio.-He traído flus flus.
-Se llama flit -le corrigió el padre.
-¡Se llama mierda! -gritó histérico el niño subiendo de nuevo al coche, esta vez en el asiento del conductor. -¡Yo me largo de aquí ahora mismo!
Pero al accionar la llave de contacto el coche arrancó, dio cuatro sacudidas y se paró de nuevo para no volver a arrancar jamás.
-No tiene gasolina -explicó el padre con tranquilidad-. Lo he apurado al máximo para llegar aquí.  Da igual. Queda bonito aqui.
En ese momento el niño salió del coche echando espuma por la boca de pura desesperación, hasta que la madre le detuvo con un gesto amoroso y le entregó un paquetito.
-Toma. Esto te lo he comprado para que tu estancia aquí sea más entretenida. Es una figura oficial de tu serie favorita
Disfrútala.

viernes, 24 de agosto de 2018

Regalos de mierda 21 (la epopeya de los mapaches parte 2)

El niño se levanta de la cama y se arrastra hasta su armario donde abre un doble fondo secreto y se hace con un martillo y un cincel que guardaba allí para emergencias. Con la habilidad de un picapedrero manco comienza a golpear la escayola que recubre su pierna y le mantenía postrado en su cama desde hacía semanas, hasta que ésta se parte y cae al suelo. Una vez liberado comprueba como su supuesta lesión ha desaparecido y se pone de pie sin demasiado problema. Abre la puerta de su cuarto y baja las escaleras que conducen al salón.
El lugar parece haber sido azotado por una catástrofe natural o una guerra; los muebles están destrozados, las paredes agujereadas y el sofá despide algo de humo. Su padre está fregando unas abundantes manchas rojas del suelo mientras la madre entra y sale con bolsas de basura que parecen pesar bastante.
-Papá... ¿Qué ha pasado aquí? ¿Todo esto lo han hecho los mapaches?
-¿Qué dices de mapaches? -pregunta el padre extrañado hasta que su esposa salta hacia él dando volteretas en el aire y le propina un fuerte pisotón. -Ah si... los mapaches. Ya ves la que han montado esos marsupiales... -la madre le pisa el otro pie -¡..procionidos quería decir!
-Así es hijo mio. Esos simpáticos animalitos la han tomado con nosotros y no van a parar hasta que nos vean muertos, así que vamos a tener que mudarnos a otra ciudad, lejos de aquí, quizás más agreste y pastoril.
-¿Me estáis diciendo que nos vamos a vivir al campo? -responde el niño indignado-. ¿Pero y el curso que tengo a medias? ¿Y mis amigos? ¿Y mi vida, mamá, qué va a ser de mi vida?
-No te preocupes por eso, pequeño. Lo estabas suspendiendo todo, tus amigos solo vienen contigo para burlarse de ti y tu vida no puede ya empeorar mucho más. Tomate este cambio como una nueva oportunidad de empezar de cero.
-No estoy seguro. Tengo mis dudas... ¿Y si descubro que todavía no había tocado fondo?
-Tu no te preocupes por nada. Toma esto que seguramente te será muy útil.
El niño abre el paquete que su madre le ofrece y suspira tan intensamente que las paredes de sus pulmones se pegan y tienen que hacerle la respiración asistida para que vuelva a aceptar aire.

Cuando despierta está dentro de su coche. Mira por la ventana y ve alejarse su casa, rodeada de coches negros aparcados sin ton ni son, con las puertas abiertas y con todos sus ocupantes metidos en bolsas de basura que rebosan los contenedores del barrio. Un hilillo de humo empieza a aparecer por una de las ventanas. Todo su pasado se aleja de él, ardiendo como una hoguera gigantesca. Su padre conduce en silencio y su madre se gira para sonreírle mientras se dirigen a un futuro incierto.

jueves, 9 de agosto de 2018

De flotadores y suspiros (un relato de superación, ilusión, amistad y muerte en alta mar)


Sé que muchos/as de los lectores/as de este blog os habréis creado una imagen de este autor (yo) basada en anteriores entradas en las que reniego del deporte, del culto al cuerpo y en general de toda actividad física destinada a competir con otros seres humanos por lo general superiores y por lo tanto capaces de humillarme en cualquier disciplina. Pero precisamente por esto hoy he decidido romper una lanza en mi favor y explicar la verdad sobre mi pasado que no es otra que si no la de que en su día (mejor dicho en mi día) pude destacar en un deporte, ser el mejor, e incluso liderar un equipo olímpico que viajó hasta los confines de la tierra para defender la bandera de nuestro amado país. Así que vamos allá con el relato.

Corrían los años ochenta, a finales. Yo era un niño tan patoso que mis padres temiendo que cualquier día me cayera al río y me ahogara me apuntaron a clases de natación. Y allí, el primer día nos hicieron hinchar un flotador a cada uno y ante la sorpresa del monitor, resultó que yo era capaz de hincharlo con un solo soplido; mientras los otros niños necesitaban casi cinco minutos de jadeos y ponerse azules, yo llenaba mis pulmones y los ponía a reventar en cuestión de segundos y de una sola inhalación. Tal proeza pulmonar llamó la atención de las altas instancias de las piscinas municipales que hablaron con mis padres y les comentaron que con un poco de voluntad podría meterme en un grupo de apnea y desde allí ir escalando puestos hasta llegar a lo más alto (o lo más bajo, según como se mire en este deporte) y poder vivir de mis habilidades. Mis padres vieron la oportunidad de salir de la miseria y me vendieron a los señores de las piscinas que rápidamente formaron un equipo y comenzaron con mi instrucción.

Desgraciadamente para el mundo de la apnea, mi instrucción fue cuanto menos frustrante para mis profesores. Era capaz de hinchar tan rápido los flotadores que en cuanto se despistaban cinco segundos yo ya estaba chapoteando en la piscina metido en un patito de goma amarillo. Así no había manera de enseñarme a nadar y mientras que mis compañeros eran unos apneistas mediocres, yo no era capaz de meterme en el agua sin entrar en pánico. La situación era desesperada ya que por lo visto habían pedido una beca a la federación mundial de deportes de agua y en cuatro días se la habían fundido en bañadores de diseño y cenas de empresa. Sin poder devolver la beca ni entrenar adecuadamente al equipo de apnea no les quedó otro remedio que inventar una nueva disciplina olímpica: La apnea en seco.

La apnea en seco consistía en poner a media docena de tipos a aguantar la respiración y el que más tardara en coger aire ganaba, pero a la federación de deportes acuáticos mundiales no les interesó por la falta de líquido y en cuanto a deportes en seco dijeron que o se ponía algo de escenografía o aquello quedaba muy aburrido, así que se inventaron una especie de trajes de pez y un baile en el que nos agarrábamos de las colas y fingíamos nadar. La idea pareció gustar a ambas federaciones y otorgaron una cuantiosa suma de dinero para el vestuario, dietas y transporte. Desgraciadamente las olimipiadas de Barcelona estaban demasiado cerca y nos dieron cita para las de Atlanta, que es una ciudad que ya suena así como a peces y cosas sumergidas y pensaron que encajaríamos bastante bien.

Llegó el año 96 y debido al entrenamiento extremo al que me había sometido, era capaz de hacer la cola del cine, la de las palomitas, ver la película y subirme en el coche sin respirar. Ya sentía el peso de las medallas de oro en mi cuello. Llegamos a Atlanta entre ovaciones y aplausos, eramos jóvenes, atléticos (aunque yo lo único que tenía era un pecho como un tonel de vino) y nos llovían las mujeres y las mascotas por todas partes. Aquello fue una bacanal algorítmica que a medida que se acercaba el día de la competición aumentaba exponencialmente hasta crear un maelstrom de emociones y confusión de orientación sexual. Cuando salimos a la palestra el estadio entero enmudeció, expectante por presenciar ese nuevo deporte que prometía derrocar al fútbol como deporte rey y al voley femenino con elegancia.

Pero no. Cuando empezamos con el baile todo el mundo pareció extrañarse, como si no lo apreciaran del todo y para colmo los jueces que no dejaban de mirarnos por si respirábamos nos ponían muy nerviosos. Uno de mis compañeros perdió pie, soltó la cola de otro y ése pareció enloquecer, saltando entre el público dando coletazos como un pez fuera del agua; los cuatro que quedábamos intentamos seguir el ritmo, pero la visión de nuestros dos compañeros fracasados era perturbadora. El público nos odiaba, los jueces nos odiaban, nuestros compañeros estaban a punto de morir de pura vergüenza y nuestros entrenadores, sentados en las gradas junto a los jefazos de las confederaciones de agua y tierra huían en helicóptero no sin antes llenarse los bolsillos de canapés y champañ a granel. Nuestro mundo se desmoronaba y nosotros no podíamos hacer otra cosa que bailar esa danza ridícula sin respirar. Los cámaras de las televisiones enviadas a retransmitir las olimpiadas se retiraban y tiraban los carretes a la basura mientras que los espectadores quemaban las papeleras; en pocos segundos el estadio olímpico de Atlanta se había convertido en un escenario de violencia, fuego y excrementos voladores. Cuando una butaca ardiendo y con un señor de Wisconsin sentado encima golpeó al cuarto de mis compañeros, decidimos dejarnos el baile y huir de allí. Solo dos lo logramos. El tercero cayó asfixiado por exceso de apnea cuando recorríamos el túnel del honor que llevaba a los vestuarios. Una vez allí nos quitamos los disfraces de pez, nos vestimos de mujer para no ser reconocidos y salimos a la calle, donde parecía haber empezado el puto fin del puto mundo. La policía lanzaba gases lacrimógenos sobre los espectadores rabiosos que se estaban volviendo caníbales pero como nosotros todavía no respirábamos no nos afectaron y pudimos cruzar el cordón policial alegando estar embarazados, para llegar al puerto donde robamos un humilde esquife y empezamos a remar hacia casa.

Pasamos tres semanas en el mar, remando en una dirección aleatoria, comiendo gaviotas y bebiendo zumo de gaviota. La humareda de Atlanta había desaparecido en el horizonte y todo apuntaba a que moriríamos en el mar, como vulgares pescadores indonesios. Y fue en ese momento cuando tuve una revelación. Una de esas profundas. Me di cuenta de que debíamos vivir, llegar a nuestras casas donde nos estarían esperando nuestras familias con indiferencia y seguir adelante con nuestras vidas sin más pretensiones que ser felices, sin necesidad alguna de aplausos ni reconocimientos, sin luchar por algo que no somos, porque el tiempo en el que estamos en este mundo es efímero y no debemos malgastarlo compitiendo con nuestros compañeros de camino. Bajé la vista, miré a mi hermano de equipo y suspiré. Entonces él me miró, me señaló con el dedo y me dijo “¡Has respirado! ¡Soy el campeón del mundo de apnea en seco!” Le sacudí con el remo y alimenté con su cuerpo a las gaviotas de las que más tarde me alimentaría yo.

Y ya. Y fin. Que ya ha estado bien por hoy.



jueves, 2 de agosto de 2018

De estamínicos y antiestamínicos



Alicante, mes de agosto a las tres de la tarde. Bajo del coche y me dirijo al centro de salud a ponerme mi vacuna mensual contra la alergia. Las calles están vacías, normal con la que está cayendo y mis pasos son pesados y lentos debido al alquitrán derretido que se me queda pegado en las suelas. Cuando entro en el edificio noto que el aire acondicionado no funciona y  todo está en penumbra. Aquí no hay ni dios, normal otra vez ya que la gente está de vacaciones y con tanto recorte hay que ahorrar electricidad. Me dirijo a la zona de enfermería atravesando pasillos vacíos repletos de consultas cerradas y llamo a la puerta correspondiente. “Adelante” grita una voz femenina algo rasgada, estridente y desafinada.

En el interior descubro que mi emfermero de siempre, un hombre afable y dicharachero no está y en su lugar hay una señora extraña con bata y el cabello largo y rizado hecho una maraña sobre sus hombros.  Ya me han cambiado al enfermero, normal en estas fechas vacacionales, pero lo cierto es que las cosas normales terminan ya en este punto.
Entro a la consulta y le doy la cajita con la vacuna. La enfermera se hace con ella, la abre, echa un vistazo a los papeles y saca una jeringuilla de un cubo; no lleva el plastiquito protector pero yo en mi ignorancia pienso que eso que aparentemente parece un cubo de basura será en realidad un recipiente de esterilización. Después llena la jeringuilla hasta los topes y se acerca a mi.

-Bájese los pantalones, por favor -me dice.
-¿Los pantalones? Normalmente me la ponen en el hombro y…
-¡¿Quien es aquí la profesional!? -me grita, claramente ofendida.

Ya la he ofendido. Mal. Nunca hay que poner en duda la profesionalidad de una profesional, especialmente si ésta tiene en las manos un objeto punzante. Me desabrocho los pantalones y los dejo caer hasta los tobillos. Ella se acerca. Noto que tiene un tic raro. Y entonces me doy cuenta de que la jeringuilla está mucho más llena de lo habitual. Debería callarme pero el miedo me vence.

-Perdone mi osadía, pero… -comienzo a decirle -¿Está usted segura de que esto son 5 ml? Yo veo mucha mas cantidad y no quisiera poner en duda su profesionalidad pero…
-¿Qué? – Me responde claramente irritada -¿Estás poniendo en duda mi profesionalidad?
-No no, precisamente le estoy diciendo que no quiero…
-¡Entonces silencio!

Me callo y la dejo hacer. Noto un pinchazo prolongado en mi nalga derecha, escuece un poco, supongo que debido a que la aguja estaba algo oxidada y luego me limpia el pinchazo con un escupitajo. Cualquiera le protesta. Me subo los pantalones, recojo mis cosas y me marcho, dejándola allí plantada, jeringuilla en mano y sacudiéndose con pequeños espasmos irregulares. Menuda enfermera extraña. Yo no me vacuno más en agosto.

Finalmente salgo a la calle, la luz del sol me ciega momentáneamente y aspiro el aire recalentado por los tubos de escape y los aires acondicionados. Y de pronto algo hace reacción en mi. Apenas he dado quince pasos cuando noto como si todas las gramíneas, gatos y ácaros del polvo hubiesen lanzado sus partículas contra mi. Los bronquios se me cierran, los ojos se me hinchan y pican, la garganta me arde… Estoy teniendo un shock analfilácteo de esos… Doy la vuelta y me dirijo de nuevo al centro de salud pero la pierna derecha no me responde; está hinchada e inerte así que no me queda otra que arrastrarme lastimeramente, sin apenas ver ni respirar hasta la puerta del edificio, pero la encuentro cerrada a cal y canto.

-¡Socorro, necesito el antídoto! -grito asmáticamente, pero nadie abre la puerta y falto de oxígeno caigo medio desmayado. Entre brumas veo aparecer la figura de un anciano que porta un bastón y una bolsa de caracoles asados recién recogidos de la zona pastoril de la ciudad.

-¿Qué está haciendo aquí con esa pierna tan hinchada, joven? Debería ir al hospital. Al nuevo. Éste lleva más de diez años cerrado. -me dice.
Entonces miro a la acera de enfrente y veo un hospital nuevecito y brillante con sus puertas abiertas y una plétora de gentes entrando y saliendo con sus vacunas bien administradas en el hombro.

-Gracias caballero -le respondo al de los caracoles -. ¿Pero entonces quién...?
Y al volver la vista atrás vislumbro en una de las oscuras ventanas del insalubre antiguo hospital un rostro desencajado y sonriente que me mira con desprecio.
No pienso volver más a ese hospital.